Capítulo 1: No, no es amor
El cigarrillo se consumía lentamente, mientras las finas volutas
de humo se contorsionaban y giraban en caprichosas espirales, sin pausa y sin
prisa, alargando ese voluble baile. Sujetando distraídamente el cigarrillo, y
sentado cómodamente en su sillón favorito, Jorge no prestaba atención a nada en
especial de la habitación, en cambio, estaba sumido en una confrontación en su
propio interior. De repente, un cuerpo se acomodó a su lado y le robó un beso.
-¿En qué estás pensando para estar tan ensimismado?- preguntó una
mujer que rondaba los treinta, de media melena, con una gran sonrisa en sus
labios.
Jorge miró a otro lado, evitando el contacto visual. Si ella
supiera…
-En la complicación de los sentimientos…-contestó poco convencido.
-¿Te estas echando atrás con lo de la boda?
Jorge, ahora sí, la miró directamente, mientras se dejaba llevar
por la profunda tranquilidad que siempre le habían transmitido los ojos de
Sonia.
-¿Tengo algún motivo?
-No sé, eso lo sabrás tú. Me tengo que ir, volveré en un par de
horas- se despidió Sonia mientras le regalaba otro fugaz beso antes de partir.
Jorge observó como la fina silueta de Sonia salía de la habitación
y retomó el hilo de sus pensamientos. Sí que tenía motivos para no casarse; los
tenía desde que comenzó el curso escolar.
Todo comenzó el primer día de clase, en un primer momento, todo
parecía correcto, en orden, común.
Hasta que tuvo la primera clase con sus alumnos de bachillerato: entonces la
vio, la chica más guapa que jamás habría podido imaginar. Aun así, sonrió para
sus adentros, “ni que fuera la primera vez que tienes una alumna guapa”, se
dijo a sí mismo. Pero sí que fue la primera vez que conoció a una persona tan
excepcional como ella.
-Me llamo Natalia Gómez y tengo dieciséis años- comenzó a explicar
resueltamente, cuando tuvo que presentarse -. Estoy aquí porque quiero estudiar
Traducción e Interpretación de Lenguas. ¿Mis aficiones? Me gusta mucho estar
con mis amigos, irme de fiesta, chatear en el ordenador… también me gusta el
cine, y con eso no me refiero sólo a las películas de terror, sino también a
aquellas con finales alternativos o que te dejan reflexionado. Bueno, y aunque
esto es mucho más raro de ver, me gusta leer.
Jorge abrió los ojos sorprendido, y no pudo evitar interrumpir la
narración de Natalia.
-¿Cuál es el último libro que te has leído?
Natalia dejó de observar a sus compañeros y miró fijamente a su
profesor.
-El rey transparente de Rosa Montero.
-No es un libro que a tu edad se suela leer.
-Tampoco es que a mi edad se suela leer mucho.
-También es verdad. ¿Qué es lo que te impulsó a comenzar a
leértelo?
-Supongo que la sinopsis. La historia comienza con una mujer en el
Medievo que escribe una carta antes de morir. ¡Una mujer! Nunca había leído
nada semejante.
-La verdad es que es muy original. ¿Qué te pareció el final?
-Me encantó. Eso de que seas tú el que pueda decidir uno de los
dos finales…-Natalia regaló una deslumbrante sonrisa.
-Espero que también te gusten las lecturas obligatorias- musitó
embobado Jorge.
La sonrisa de Natalia cambió por otra de cortesía.
-Bueno- retomó la joven su presentación-, y lo que más odio creo
que son las cucarachas. Y ya está- terminó mientras se encogía de hombros.
Natalia se sentó y otro compañero la sustituyó, pero Jorge ya no
prestaba atención, se reprendía mentalmente por emocionarse tanto con sus
respuestas, ¡ni que fuera la única alumna que le gustara leer! “Pero es rara esa cualidad siendo tan guapa”,
respondió una vocecilla en su interior. Jorge negó con la cabeza, intentado
reprimir una sonrisilla tonta.
El resto de la semana, transcurrió sin incidentes, reduciendo al
mínimo sus pensamientos sobre su joven alumna. Hasta que cierto día tuvo que
volver a casa.
El timbre que indicaba el final de la jornada había sonado hacía
ya un rato, y casi todos se habían marchado a sus casas, descontando a algunos
rezagados, entre ellos, el propio Jorge.
Recogió sus cosas y salió del instituto donde las calles, antes
repletas de estudiantes, ahora se encontraban vacías, excepto por una joven
pareja; la muchacha se apoyaba en una pared y el chaval se le acercaba de forma
insinuante. La chica, de largo cabello castaño, en ese momento giró bruscamente
la cabeza y miró a su profesor que pasaba justo por ahí.
Jorge parpadeó atónito y Natalia no hizo más que sonreír de forma
inocente, como si a un niño pequeño se le pillara haciendo una travesura. En la
siguiente fracción de segundo, el profesor miró al muchacho, un joven que
rondaría la veintena. En ese instante, Jorge sintió un pinchazo en el estómago
y tuvo ganas de liarse a golpes con ese chaval, pero en cambio, continuó
andando como si nada hubiese ocurrido.
A partir de ahí todas las aptitudes y valoraciones que Jorque
había tomado nota de Natalia dejaron de ser sólo académicas y pasaron a
convertirse en algo más personal. La joven era inteligente, atrevida y sincera;
extremadamente madura y cuando quería, muy graciosa; dominaba a la perfección
el sarcasmo y la ironía, aunque cuando quería podía ser muy dulce y decir las
cosas con mucho tacto. Y era guapa. No era ese tipo de prototipo de rubias
explosivas, ni de esas despampanantes morenas, era una castaña corriente que
aun así no dejaba indiferente. Poseía una hipnótica mirada de ojos color miel,
y unos carnosos labios en forma de corazón.
Era perfecta. Era lo que siempre había soñado Jorge.
Desde que Natalia esbozó esa sonrisa culpable… desde que él sabía
que era otro el que le besaba y le desnudaba… desde ese momento fue cuando
empezó a imaginarse a él mismo acariciando su tersa piel, retirándole
lentamente sus prendas para deja a la vista su perfecto cuerpo… y de ese modo,
por fin poder dominar a la enérgica joven, poseer y controlar ese carácter tan
puro y magnético; hacerla suya, saboreando toda su sensualidad y a la vez,
sabedor de que jamás podría dominarla totalmente, le hacía más y más atractiva.
Por todo eso, ahora cada vez que Jorge veía a Natalia, se sentía
como un niño descontrolado; ansioso y nervioso. Era un pensamiento constante en
su cabeza y todo lo relacionaba con ella, cada canción, cada película, cada
libro… incluso cada escena de su vida. Ni siquiera con su novia Sonia. Ahora,
cuando veía a su pareja, sentía cierto peso en el estómago, culpable de desear
con tanto ardor a otra… y ella no ayudaba con su parloteo constante sobre la
boda… ¡La boda! Jorge se sentía desfallecer cuando pensaba en Sonia vestida de
blanco acercándose hacia él, para unirse de forma inevitable. No era fácil de
entender. No es que no la quisiera, todos los momentos y recuerdos compartidos
con su novia eran rememorados con cariño y nostalgia, y ese era el problema, ya
no había pasión, ni deseo, sólo rutina. Y a pesar de todo, Jorge no se atrevía
hablar claramente con Sonia, porque, ¿cómo iba a dejar a su prometida por una
chiquilla? No, no podía hacer eso, sus principios no se lo permitían… ni sus
miedos. Se casaría con Sonia y sería lo medianamente feliz que puede ser un
hombre de treinta años.
Eso le dictaba la razón. Pero en el instituto la cosa no era tan
sencilla, en su trabajo no tenía a su novia, en sus clases no tenía a sus
familiares ni a sus amigos. En esos momentos sólo estaban él y Natalia. Y Jorge
se sentía desnudo e incapaz de aceptar una vida miserable, condenado a una
existencia infeliz.
Pero Jorge cerraba los ojos, ¿qué hacía pensando en muchachitas?
Esa jovencita ni si quiera lo veía como un hombre receptivo a sus encantos,
sólo era su profesor, un hombre prohibido, lejano…viejo. Al menos hasta ese
momento.
Estaba mal reconocerlo, pero se alegraba de haberles puesto ese
examen a su clase de bachillerato, no porque fuera duro con los exámenes, sino
porque podría estar toda una hora vigilando a sus alumnos….vigilándola a ella:
cómo se apartaba el pelo de la cara, como fruncía ligeramente el ceño al
intentar recordar algún dato en concreto, como movía velozmente su muñeca
haciendo tintinear las pulseras que llevaba… Y en añadidura, no se debía sentir
culpable por mirarla, sólo cuando había exámenes estaba en su pleno derecho de
escrutar cada movimiento de sus alumnos, no iba a hacer nada malo.
Estuvo un par de minutos fingiendo desinterés, hasta que lanzó las
primeras miradas casuales a Natalia, lo que le dejó totalmente desconcertado.
La joven no mostraba signo alguno de preocupación o estrés, que sí se
reflejaban en sus compañeros, ella en cambio mantenía una extraña expresión de
tranquilidad, mientras empuñaba el bolígrafo con sencillez y laxitud.
Jorge parpadeó un momento más, contrariado. Hasta que su deber
como profesor se impuso a todas sus emociones, y se dirigió hacia el pupitre de
una de sus mejores alumnas.
-¿No entiendes alguna pregunta?- preguntó Jorge con un susurro.
-No, está todo muy claro- contestó ella en el mismo tono.
El profesor bajó la vista hasta el examen de esta, y comprobó como
la muchacha estaba dibujando un lago con patos.
-¿Entonces por qué no haces el examen?
Natalia escrutó detenidamente el rostro de su maestro antes de encogerse de hombros, con cierta
indiferencia.
-Me gustaría hablar contigo después de clase- dijo Jorge con el
entrecejo fruncido. Para su sorpresa, Natalia esbozó la más grande de sus
sonrisas hasta ahora.
-¿Por qué no has hecho el examen?- inquirió Jorge en cuanto salió
el último alumno
-No me apetecía- afirmó con naturalidad ella.
-Eres muy buena estudiante, ¿vas a tirarlo todo por la borda por
tus apetencias?
Natalia miró desafiante al profesor y se apartó el largo pelo de
la cara, lo que provocó que un suave aroma floral llegara hasta Jorge.
-He oído que te casas, ¿es cierto?- cambió de tema la joven.
-Natalia, esto es serio- contestó él, contrariado.
-No me gustaría que te casaras- afirmó ella.
Jorge torció el gesto, contrariado. En ningún momento se imaginó
estar asolas con Natalia, y bastante autocontrol tenía que ejercer ya para
soportar las extrañas contestaciones de su alumna que le hacían imaginar
situaciones imposibles.
Natalia bordeó una mesa y se colocó delante de su profesor,
recortando considerablemente la distancia entre sus cuerpos, y superando con
creces el considerado “espacio vital”. Jorge tragó saliva, la postura era un
poco comprometida y si entrara alguna persona… pero él no se movió, y taladró a
la joven con su mirada, disfrutando de una manera inexplicable la situación.
Natalia, expectante, hizo un movimiento casual y sus caderas se
acercaron más, separadas por pocos centímetros.
-¿Es verdad que te casas?- volvió a preguntar la joven con voz
aterciopelada.
Jorge suspiró y la miró con seriedad. Natalia se amedrentó un
poco, pero no se retiró.
-¿Qué estás haciendo? ¿Qué pretendes con eso?- preguntó Jorge con
autoridad.
La muchacha abrió los ojos asustada. Toda su seguridad se había
esfumado.
-Yo… yo…
-¿Crees que puedes venir aquí e insinuarte a un profesor?- le
reprendió Jorge, furioso, más que con ella, consigo mismo.
-Yo…yo pensé que te gustaba, no dejabas de mirarme y… -Natalia se
echó hacia atrás y se cruzó de brazos, sujetándose con fuerza el tórax-. Soy
una idiota, lo siento.
Natalia intentó salir de aquel estrecho espacio donde ella sola se
había metido. Jorge en cambio, se sentía horrorizado por ver a la joven tan
confusa y herida. ¿Por qué había sido tan brusco cuando era él mismo el que más
veces había soñado con una situación como esta? Natalia, por un descuido, rozó
la pierna de Jorge al pasar, y asustada, levantó la vista. Cosa que hizo ver al
profesor cómo las lágrimas iban anegando sus ojos.
¿Estaba llorando? ¿Por él? ¿Le había hecho llorar? ¿Por qué? Él no
quería eso, por Dios, era lo último que deseaba.
Las lágrimas de Natalia fueron lo que le hizo reaccionar.
Jorge no pudo soportarlo más y actuó como su corazón y su alma
había anhelado desde el primer momento.
Justo cuando Natalia se apartaba de él, Jorge la tomó por el
brazo, le hizo dar media vuelta y cerrando los ojos con fuerza, le plantó un
beso en los labios, un beso torpe y tosco. La muchacha, aún parpadeó atónita
antes de corresponder jubilosa.
Jorge no cabía de gozo en sí. Se acercó más a la joven y colocó su
mano derecha alrededor de su cintura mientras que con la izquierda sujetaba la
linda cabellera de la muchacha, cuyos sedosos mechones se escapaban entre sus
dedos. Natalia, movida por la pasión, rodeó con sus finos brazos el firme
cuello de Jorge, acercando todo lo posible los dos cuerpos de los amantes.
Natalia no pudo evitar sonreír entre beso y beso.
Jorge al final suspiró y apoyó su frente en la de la muchacha,
embriagándose con el perfume de la joven y abrazándola con fuerza.
-Esto no está bien- susurró él con los ojos cerrados.
-No, no lo está.
Jorge abrió los ojos y se separó unos centímetros de Natalia,
quien le miraba muy seria.
-He llegado a pensar que de verdad no te gustaba. Que me lo había
imaginado todo.
Jorge volvió a suspirar y miró hacia otro lado al hablar.
-Esto no es amor. Es… una obsesión; me he obsesionado contigo,
pero se me va a pasar.
-En el fondo, el amor no es más que una obsesión- respondió
Natalia con una pequeña sonrisa.
-Me caso dentro de un año y medio- dijo Jorge, expectante de la
reacción de la joven, pero ella sólo sonrió aún más y pasó su mano por el pelo
rubio del profesor.
-Entonces, no te preocupes, soy una última despedida antes de tu
matrimonio- respondió ella mordiéndose los labios de forma sensual.
Jorge expulsó todo el aire de sus pulmones y la besó de nuevo, con
toda la pasión que sentía y que le desbordaba.
El cigarro aún no había terminado de consumirse cuando Jorge
decidió apagarlo, no tenía sentido mantenerlo encendido, ni siquiera le había
dado una calada. Pero no era el tabaco
lo que le importaba, era esa sensación en su pecho, una mezcla de pesada carga y
culpabilidad, pero a la vez sentía una renovada excitación y emoción, era como
si se sintiera rejuvenecido y sano después de una larga enfermedad.
“No es nada serio”, se repitió a sí mismo por décima vez.