Hoy no sé que me pasa pero tengo ganas de hablar, de expresarme. Eso es raro, yo siempre me guardo mis opiniones. Escucho más que hablo. Me gusta más aprender que enseñar.
Creo que voy a ser una profesora horrible.
Estoy inexplicablemente feliz y aunque no tengo motivos para estar triste tampoco para estar contenta. Son estas fiestas, pienso yo. Cuando era pequeña me encantaban: las luces de colores parpadeando, comer cosas que el resto del año ni recordaba que existían, la alegría de vernos todos reunidos, la ilusión de acostarme pronto para por la mañana desenvolver regalos... Ahora, y aunque muy en el fondo me sigue gustando,todo ha cambiado. Ahora todo tiene un tono deslucido, grisáceo.
No, no es cierto, nada ha cambiado. He cambiado yo.
Tengo una amiga que un día me comenzó a hablar de si realmente queda algo de esos niños llenos de vida que eramos al principio de todo. Las personalidades cambian, los sueños se modifican, los tejidos se mueren y son repuestos por otros. En ese momento no supe que contestarle, ahora creo que tiene razón.
No queda nada de esa Cris pequeña, y eso me entristece. No debería por qué, crecer significa cambiar pero echo de menos saber que no volverá a existir esa persona que antes fui.
Me gustaría verla, a ella, tan confiada. Estoy convencida de que me echaría a llorar si la viese.
Y aquí estamos, una Navidad más. Nada ha cambiado sustancialmente pero todo es distinto. Sigo perdida en este mundo caótico pero hoy tengo ganas de sonreír, y de regalar besos. Hoy tengo ganas de subir el volumen de la música mientras me pinte los labios. Beberé vino y brindaré con cava, pensaré en él y suspiraré en silencio, espero que mi yo pasado le cuide. O que le cuide él a ella, creo que ella lo necesita mucho más.
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