viernes, 7 de diciembre de 2012



"[...] Y el mundo era plomizo, amarillento o negro según 

las  horas, según los días; el mundo era un rumor triste, lejano, apagado, donde había canciones de niñas, monótonas, sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el gruñir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol dando vueltas muy rápidas al rededor de la tierra, y esto eran los días; nada. Las gentes entraban y salían de en su alcoba como en el escenario de un teatro, hablaban allí con afectado interés y pensaban en lo de afuera: su realidad era otra, aquello la máscara. Nadie amaba a nadie. Así el mundo y ella estaba sola. Miró su cuerpo y le pareció tierra. Era cómplice de los otros, también se escapaba en cuanto podría; se parecía más al mundo que a ella, era más del mundo que de ella. "Yo soy mi alma", dijo entre dientes y soltando las sábanas que sus manos oprimían, resbaló en el lecho y quedó supina mientras el muro de almohadas se desmoronaba [...]

La Regenta, Leopoldo Alas Clarín.


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