lunes, 24 de diciembre de 2012

No volveré a hacerlo más: no he encontrado respuestas

Hoy no sé que me pasa pero tengo ganas de hablar, de expresarme. Eso es raro, yo siempre me guardo mis opiniones. Escucho más que hablo. Me gusta más aprender que enseñar.
Creo que voy a ser una profesora horrible.

Estoy inexplicablemente feliz y aunque no tengo motivos para estar triste tampoco para estar contenta. Son estas fiestas, pienso yo. Cuando era pequeña me encantaban: las luces de colores parpadeando, comer cosas que el resto del año ni recordaba que existían, la alegría de vernos todos reunidos, la ilusión de acostarme pronto para por la mañana desenvolver regalos... Ahora, y aunque muy en el fondo me sigue gustando,todo ha cambiado. Ahora todo tiene un tono deslucido, grisáceo.
No, no es cierto, nada ha cambiado. He cambiado yo.
Tengo una amiga que un día me comenzó a hablar de si realmente queda algo de esos niños llenos de vida que eramos al principio de todo. Las personalidades cambian, los sueños se modifican, los tejidos se mueren y son repuestos por otros. En ese momento no supe que contestarle, ahora creo que tiene razón.
No queda nada de esa Cris pequeña, y eso me entristece. No debería por qué, crecer significa cambiar pero echo de menos saber que no volverá a existir esa persona que antes fui. 
Me gustaría verla, a ella, tan confiada. Estoy convencida de que me echaría a llorar si la viese.

Y aquí estamos, una Navidad más. Nada ha cambiado sustancialmente pero todo es distinto. Sigo perdida en este mundo caótico pero hoy tengo ganas de sonreír, y de regalar besos. Hoy tengo ganas de subir el volumen de la música mientras me pinte los labios. Beberé vino y brindaré con cava, pensaré en él y suspiraré en silencio, espero que mi yo pasado le cuide. O que le cuide él a ella, creo que ella lo necesita mucho más.

Aquí lo normal es que pasen cosas

Las historias más bonitas son las que nadie escribe. Y eso es así. Las cosas más preciosas son las que no se pueden describir. Probablemente esta concepción de la vida cambiará cuando aprenda a hablar el español, mientras tanto me conformo con los silencios y las sonrisas antes de irme a dormir.
Pero ahora que estoy bien, que no tengo dudas, ni pájaros en la cabeza, me doy cuenta de que no sé que me deparará el futuro, pero que el dolor es un precio muy pequeño por lo que siento ahora.
Es real y vale la pena.

viernes, 7 de diciembre de 2012



"[...] Y el mundo era plomizo, amarillento o negro según 

las  horas, según los días; el mundo era un rumor triste, lejano, apagado, donde había canciones de niñas, monótonas, sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el gruñir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol dando vueltas muy rápidas al rededor de la tierra, y esto eran los días; nada. Las gentes entraban y salían de en su alcoba como en el escenario de un teatro, hablaban allí con afectado interés y pensaban en lo de afuera: su realidad era otra, aquello la máscara. Nadie amaba a nadie. Así el mundo y ella estaba sola. Miró su cuerpo y le pareció tierra. Era cómplice de los otros, también se escapaba en cuanto podría; se parecía más al mundo que a ella, era más del mundo que de ella. "Yo soy mi alma", dijo entre dientes y soltando las sábanas que sus manos oprimían, resbaló en el lecho y quedó supina mientras el muro de almohadas se desmoronaba [...]

La Regenta, Leopoldo Alas Clarín.


lunes, 5 de noviembre de 2012

Luna lunera


Era tan evidente que ni me había percatado...bueno, tal vez un poco sí. Tal vez siempre lo supe, pero jamás me había parado a pensarlo. Pero ahí estaba, flamante, deslucido, malicioso. Irónico es el término perfecto.
Su influjo siempre me había subyugado, qué le puedo hacer, ¿destino? Quizá; no es casualidad nacer un 7 de Julio.
La vida no es más que una sucesión de actos, de facetas.Y ella siempre había estado ahí, burlona.
Era la madre que me acurrucaba por las noches, que me vigilaba de lejos, que me educaba inconscientemente... me fascina su magnificencia. Y en el fondo, siempre he sido una copia de ella.
No poseo una luz propia, pero aún así no dejo de ser enigmática. Soy bonita a mi manera, diferente, sí, cotidiana, por supuesto.
Lunática. 
Siempre me gustó Vesta, siempre amé el nombre Selena hasta que se puso de moda. Pero yo le pertenezco , y siempre vuelvo a ella: cuestión de tiempo.
Hermética.
Es la cara oculta, es lo que se esconde tras las maravillosas sonrisas. Es lo oscuro, lo roto, lo malo. Lo frío. Y somos nosotras, soy yo. Soy lo que escondo, lo que finjo que no existe. Exijo mis zapatillas aladas, siempre me gustó ese dios, siempre me pareció raro. Yo también quiero llevar de la mano a los muertos, me seduce demasiado lo oscuro.
En la cara oculta, en la parte que nunca se ve, jamás le llega la luz del sol. Supongo que por eso pienso tanto en la muerte.

viernes, 5 de octubre de 2012

Noches de fantasía


Capítulo 1: No, no es amor

El cigarrillo se consumía lentamente, mientras las finas volutas de humo se contorsionaban y giraban en caprichosas espirales, sin pausa y sin prisa, alargando ese voluble baile. Sujetando distraídamente el cigarrillo, y sentado cómodamente en su sillón favorito, Jorge no prestaba atención a nada en especial de la habitación, en cambio, estaba sumido en una confrontación en su propio interior. De repente, un cuerpo se acomodó a su lado y le robó un beso.
-¿En qué estás pensando para estar tan ensimismado?- preguntó una mujer que rondaba los treinta, de media melena, con una gran sonrisa en sus labios.
Jorge miró a otro lado, evitando el contacto visual. Si ella supiera…
-En la complicación de los sentimientos…-contestó poco convencido.
-¿Te estas echando atrás con lo de la boda?
Jorge, ahora sí, la miró directamente, mientras se dejaba llevar por la profunda tranquilidad que siempre le habían transmitido los ojos de Sonia.
-¿Tengo algún motivo?
-No sé, eso lo sabrás tú. Me tengo que ir, volveré en un par de horas- se despidió Sonia mientras le regalaba otro fugaz beso antes de partir.
Jorge observó como la fina silueta de Sonia salía de la habitación y retomó el hilo de sus pensamientos. Sí que tenía motivos para no casarse; los tenía desde que comenzó el curso escolar.


Todo comenzó el primer día de clase, en un primer momento, todo parecía correcto, en orden, común. Hasta que tuvo la primera clase con sus alumnos de bachillerato: entonces la vio, la chica más guapa que jamás habría podido imaginar. Aun así, sonrió para sus adentros, “ni que fuera la primera vez que tienes una alumna guapa”, se dijo a sí mismo. Pero sí que fue la primera vez que conoció a una persona tan excepcional como ella.
-Me llamo Natalia Gómez y tengo dieciséis años- comenzó a explicar resueltamente, cuando tuvo que presentarse -. Estoy aquí porque quiero estudiar Traducción e Interpretación de Lenguas. ¿Mis aficiones? Me gusta mucho estar con mis amigos, irme de fiesta, chatear en el ordenador… también me gusta el cine, y con eso no me refiero sólo a las películas de terror, sino también a aquellas con finales alternativos o que te dejan reflexionado. Bueno, y aunque esto es mucho más raro de ver, me gusta leer.
Jorge abrió los ojos sorprendido, y no pudo evitar interrumpir la narración de Natalia.
-¿Cuál es el último libro que te has leído?
Natalia dejó de observar a sus compañeros y miró fijamente a su profesor.
-El rey transparente de Rosa Montero.
-No es un libro que a tu edad se suela leer.
-Tampoco es que a mi edad se suela leer mucho.
-También es verdad. ¿Qué es lo que te impulsó a comenzar a leértelo?
-Supongo que la sinopsis. La historia comienza con una mujer en el Medievo que escribe una carta antes de morir. ¡Una mujer! Nunca había leído nada semejante.
-La verdad es que es muy original. ¿Qué te pareció el final?
-Me encantó. Eso de que seas tú el que pueda decidir uno de los dos finales…-Natalia regaló una deslumbrante sonrisa.
-Espero que también te gusten las lecturas obligatorias- musitó embobado Jorge.
La sonrisa de Natalia cambió por otra de cortesía.
-Bueno- retomó la joven su presentación-, y lo que más odio creo que son las cucarachas. Y ya está- terminó mientras se encogía de hombros.
Natalia se sentó y otro compañero la sustituyó, pero Jorge ya no prestaba atención, se reprendía mentalmente por emocionarse tanto con sus respuestas, ¡ni que fuera la única alumna que le gustara leer! “Pero es rara esa cualidad siendo tan guapa”, respondió una vocecilla en su interior. Jorge negó con la cabeza, intentado reprimir una sonrisilla tonta.

El resto de la semana, transcurrió sin incidentes, reduciendo al mínimo sus pensamientos sobre su joven alumna. Hasta que cierto día tuvo que volver a casa.
El timbre que indicaba el final de la jornada había sonado hacía ya un rato, y casi todos se habían marchado a sus casas, descontando a algunos rezagados, entre ellos, el propio Jorge.
Recogió sus cosas y salió del instituto donde las calles, antes repletas de estudiantes, ahora se encontraban vacías, excepto por una joven pareja; la muchacha se apoyaba en una pared y el chaval se le acercaba de forma insinuante. La chica, de largo cabello castaño, en ese momento giró bruscamente la cabeza y miró a su profesor que pasaba justo por ahí.
Jorge parpadeó atónito y Natalia no hizo más que sonreír de forma inocente, como si a un niño pequeño se le pillara haciendo una travesura. En la siguiente fracción de segundo, el profesor miró al muchacho, un joven que rondaría la veintena. En ese instante, Jorge sintió un pinchazo en el estómago y tuvo ganas de liarse a golpes con ese chaval, pero en cambio, continuó andando como si nada hubiese ocurrido.
A partir de ahí todas las aptitudes y valoraciones que Jorque había tomado nota de Natalia dejaron de ser sólo académicas y pasaron a convertirse en algo más personal. La joven era inteligente, atrevida y sincera; extremadamente madura y cuando quería, muy graciosa; dominaba a la perfección el sarcasmo y la ironía, aunque cuando quería podía ser muy dulce y decir las cosas con mucho tacto. Y era guapa. No era ese tipo de prototipo de rubias explosivas, ni de esas despampanantes morenas, era una castaña corriente que aun así no dejaba indiferente. Poseía una hipnótica mirada de ojos color miel, y unos carnosos labios en forma de corazón.
Era perfecta. Era lo que siempre había soñado Jorge.
Desde que Natalia esbozó esa sonrisa culpable… desde que él sabía que era otro el que le besaba y le desnudaba… desde ese momento fue cuando empezó a imaginarse a él mismo acariciando su tersa piel, retirándole lentamente sus prendas para deja a la vista su perfecto cuerpo… y de ese modo, por fin poder dominar a la enérgica joven, poseer y controlar ese carácter tan puro y magnético; hacerla suya, saboreando toda su sensualidad y a la vez, sabedor de que jamás podría dominarla totalmente, le hacía más y más atractiva.
Por todo eso, ahora cada vez que Jorge veía a Natalia, se sentía como un niño descontrolado; ansioso y nervioso. Era un pensamiento constante en su cabeza y todo lo relacionaba con ella, cada canción, cada película, cada libro… incluso cada escena de su vida. Ni siquiera con su novia Sonia. Ahora, cuando veía a su pareja, sentía cierto peso en el estómago, culpable de desear con tanto ardor a otra… y ella no ayudaba con su parloteo constante sobre la boda… ¡La boda! Jorge se sentía desfallecer cuando pensaba en Sonia vestida de blanco acercándose hacia él, para unirse de forma inevitable. No era fácil de entender. No es que no la quisiera, todos los momentos y recuerdos compartidos con su novia eran rememorados con cariño y nostalgia, y ese era el problema, ya no había pasión, ni deseo, sólo rutina. Y a pesar de todo, Jorge no se atrevía hablar claramente con Sonia, porque, ¿cómo iba a dejar a su prometida por una chiquilla? No, no podía hacer eso, sus principios no se lo permitían… ni sus miedos. Se casaría con Sonia y sería lo medianamente feliz que puede ser un hombre de  treinta años.
Eso le dictaba la razón. Pero en el instituto la cosa no era tan sencilla, en su trabajo no tenía a su novia, en sus clases no tenía a sus familiares ni a sus amigos. En esos momentos sólo estaban él y Natalia. Y Jorge se sentía desnudo e incapaz de aceptar una vida miserable, condenado a una existencia infeliz.
Pero Jorge cerraba los ojos, ¿qué hacía pensando en muchachitas? Esa jovencita ni si quiera lo veía como un hombre receptivo a sus encantos, sólo era su profesor, un hombre prohibido, lejano…viejo. Al menos hasta ese momento.


Estaba mal reconocerlo, pero se alegraba de haberles puesto ese examen a su clase de bachillerato, no porque fuera duro con los exámenes, sino porque podría estar toda una hora vigilando a sus alumnos….vigilándola a ella: cómo se apartaba el pelo de la cara, como fruncía ligeramente el ceño al intentar recordar algún dato en concreto, como movía velozmente su muñeca haciendo tintinear las pulseras que llevaba… Y en añadidura, no se debía sentir culpable por mirarla, sólo cuando había exámenes estaba en su pleno derecho de escrutar cada movimiento de sus alumnos, no iba a hacer nada malo.
Estuvo un par de minutos fingiendo desinterés, hasta que lanzó las primeras miradas casuales a Natalia, lo que le dejó totalmente desconcertado. La joven no mostraba signo alguno de preocupación o estrés, que sí se reflejaban en sus compañeros, ella en cambio mantenía una extraña expresión de tranquilidad, mientras empuñaba el bolígrafo con sencillez y laxitud.
Jorge parpadeó un momento más, contrariado. Hasta que su deber como profesor se impuso a todas sus emociones, y se dirigió hacia el pupitre de una de sus mejores alumnas.
-¿No entiendes alguna pregunta?- preguntó Jorge con un susurro.
-No, está todo muy claro- contestó ella en el mismo tono.
El profesor bajó la vista hasta el examen de esta, y comprobó como la muchacha estaba dibujando un lago con patos.
-¿Entonces por qué no haces el examen?
Natalia escrutó detenidamente el rostro de su maestro antes  de encogerse de hombros, con cierta indiferencia.
-Me gustaría hablar contigo después de clase- dijo Jorge con el entrecejo fruncido. Para su sorpresa, Natalia esbozó la más grande de sus sonrisas hasta ahora.



-¿Por qué no has hecho el examen?- inquirió Jorge en cuanto salió el último alumno
-No me apetecía- afirmó con naturalidad ella.
-Eres muy buena estudiante, ¿vas a tirarlo todo por la borda por tus apetencias?
Natalia miró desafiante al profesor y se apartó el largo pelo de la cara, lo que provocó que un suave aroma floral llegara hasta Jorge.
-He oído que te casas, ¿es cierto?- cambió de tema la joven.
-Natalia, esto es serio- contestó él, contrariado.
-No me gustaría que te casaras- afirmó ella.
Jorge torció el gesto, contrariado. En ningún momento se imaginó estar asolas con Natalia, y bastante autocontrol tenía que ejercer ya para soportar las extrañas contestaciones de su alumna que le hacían imaginar situaciones imposibles.
Natalia bordeó una mesa y se colocó delante de su profesor, recortando considerablemente la distancia entre sus cuerpos, y superando con creces el considerado “espacio vital”. Jorge tragó saliva, la postura era un poco comprometida y si entrara alguna persona… pero él no se movió, y taladró a la joven con su mirada, disfrutando de una manera inexplicable la situación.
Natalia, expectante, hizo un movimiento casual y sus caderas se acercaron más, separadas por pocos centímetros.
-¿Es verdad que te casas?- volvió a preguntar la joven con voz aterciopelada.
Jorge suspiró y la miró con seriedad. Natalia se amedrentó un poco, pero no se retiró.
-¿Qué estás haciendo? ¿Qué pretendes con eso?- preguntó Jorge con autoridad.
La muchacha abrió los ojos asustada. Toda su seguridad se había esfumado.
-Yo… yo…
-¿Crees que puedes venir aquí e insinuarte a un profesor?- le reprendió Jorge, furioso, más que con ella, consigo mismo.
-Yo…yo pensé que te gustaba, no dejabas de mirarme y… -Natalia se echó hacia atrás y se cruzó de brazos, sujetándose con fuerza el tórax-. Soy una idiota, lo siento.

Natalia intentó salir de aquel estrecho espacio donde ella sola se había metido. Jorge en cambio, se sentía horrorizado por ver a la joven tan confusa y herida. ¿Por qué había sido tan brusco cuando era él mismo el que más veces había soñado con una situación como esta? Natalia, por un descuido, rozó la pierna de Jorge al pasar, y asustada, levantó la vista. Cosa que hizo ver al profesor cómo las lágrimas iban anegando sus ojos.
¿Estaba llorando? ¿Por él? ¿Le había hecho llorar? ¿Por qué? Él no quería eso, por Dios, era lo último que deseaba.
Las lágrimas de Natalia fueron lo que le hizo reaccionar.
Jorge no pudo soportarlo más y actuó como su corazón y su alma había anhelado desde el primer momento.
Justo cuando Natalia se apartaba de él, Jorge la tomó por el brazo, le hizo dar media vuelta y cerrando los ojos con fuerza, le plantó un beso en los labios, un beso torpe y tosco. La muchacha, aún parpadeó atónita antes de corresponder jubilosa.
Jorge no cabía de gozo en sí. Se acercó más a la joven y colocó su mano derecha alrededor de su cintura mientras que con la izquierda sujetaba la linda cabellera de la muchacha, cuyos sedosos mechones se escapaban entre sus dedos. Natalia, movida por la pasión, rodeó con sus finos brazos el firme cuello de Jorge, acercando todo lo posible los dos cuerpos de los amantes. Natalia no pudo evitar sonreír entre beso y beso.
Jorge al final suspiró y apoyó su frente en la de la muchacha, embriagándose con el perfume de la joven y abrazándola con fuerza.
-Esto no está bien- susurró él con los ojos cerrados.
-No, no lo está.
Jorge abrió los ojos y se separó unos centímetros de Natalia, quien le miraba muy seria.
-He llegado a pensar que de verdad no te gustaba. Que me lo había imaginado todo.
Jorge volvió a suspirar y miró hacia otro lado al hablar.
-Esto no es amor. Es… una obsesión; me he obsesionado contigo, pero se me va a pasar.
-En el fondo, el amor no es más que una obsesión- respondió Natalia con una pequeña sonrisa.
-Me caso dentro de un año y medio- dijo Jorge, expectante de la reacción de la joven, pero ella sólo sonrió aún más y pasó su mano por el pelo rubio del profesor.
-Entonces, no te preocupes, soy una última despedida antes de tu matrimonio- respondió ella mordiéndose los labios de forma sensual.
Jorge expulsó todo el aire de sus pulmones y la besó de nuevo, con toda la pasión que sentía y que le desbordaba.


El cigarro aún no había terminado de consumirse cuando Jorge decidió apagarlo, no tenía sentido mantenerlo encendido, ni siquiera le había dado una calada.  Pero no era el tabaco lo que le importaba, era esa sensación en su pecho, una mezcla de pesada carga y culpabilidad, pero a la vez sentía una renovada excitación y emoción, era como si se sintiera rejuvenecido y sano después de una larga enfermedad.
“No es nada serio”, se repitió a sí mismo por décima vez.

sábado, 14 de abril de 2012

Y todos los días...

Y todos los días pero no a todas horas. Y en cada instante de forma inconsciente pienso en ti.
Pienso en ti y te echo de menos.
Tanto que duele demasiado. Tanto que no se lo digo a nadie.
Y tengo miedo, la mayor parte del tiempo de todo: de tus ojos, de tu risa, de lo que pensarías... y de lo sola que me siento sin tu compañía.

Me siento frustrada y furiosa. Miro a mi al rededor y solo veo ojos con malicia que me observan esperando encantados mis tropiezos... e intento que no me importe, pero es difícil porque no tengo tu mano que me levante.

Me enjuago las lágrimas cuando en realidad quiero tirarme en una cama a llorar hasta quedarme tan vacía como rota estoy. Pero qué más da, a quién le importa si todos los días estoy metida en un pozo del que parece que no voy a salir.

Y entonces, de repente vuelve a empezar.

Y es que todos los días vuelve a amanecer.


lunes, 2 de abril de 2012

Tiempo al tiempo y volveré a sentir esto.

Me siento frustrada porque estoy enamorada de un chico que sólo me ve como una cara bonita. Me siento frustrada porque me fijé en ti ya que me parecías diferente a los demás, creí en ti y resultaste ser como todos los demás. Estoy triste porque no tengo ningún futuro contigo, y mientras yo no puedo sacarle de mi cabeza, tú te besas con otras chicas cuando yo no soy capaz ni de fijarme en otros muchachos.

He perdido el control de mis sentimientos; me miro en un espejo y veo en el reflejo una mirada triste que no sé reconocer; escucho las canciones y todas parecen hablar de ti; voy por las calles de Madrid conteniendo el aliento por si, por una casualidad del destino, me encuentro contigo, y así podría mirarte a los ojos y sonreírte, sintiéndome completa por primera vez en mucho tiempo.

Odio sentirme enferma, débil, desdichada y frágil de forma pausada y constante. Odio recordar con nostalgia y dolor cada una de las palabras que me dijiste, tontas y cortas para lo que yo necesito.

Detesto intentar olvidarte en los brazos de alguien que no me gusta, buscar la felicidad que sólo tú puedes darme en el fondo de una copa y recordarte de forma casi brusca en los amanecer donde estoy sola, sucia; dónde solo soy una niña pequeña que llora por tus besos.

Y tú, mientras tanto, sigues riendo, soñando, siendo feliz… mientras que tú me lo has quitado todo, me has hecho infeliz y sólo has dejado un cascarón vacío. Un cascarón que te extraña y te ama.

Y tú ni siquiera te has dado cuenta de esto.