jueves, 3 de julio de 2014

A corazón abierto

Después de 5 ó 6 horas en el hospital volvía a casa. Caminaba hasta la parada y esperaba el autobús. Cuando llegaba a casa no había nunca nadie. Mentiría si cumplía felizmente con mi cometido, cuando se pasó el miedo empezó la frustración y los "yo quiero tener una vida como los demás". 
A veces me llevaba un libro y leía mientras él miraba por la ventana, ojalá no lo hubiera hecho, ojalá hubiéramos charlado más. Pero él no hablaba y yo no quería preguntar.
La única vez que no fui por la mañana estaba en casa con mi hermano, y estaba contenta porque él estaba ahí. Luego recibí una llamada asustada de mi madre y las visitas dejaron de ser de 5 ó 6 horas al día; en las UCIs sólo puedes ver a los pacientes 15 minutos por la mañana y otros 15 por la tarde.
Cuando salió del hospital yo no quise ir con los demás a recogerlo. Estaba harta de ir día sí y día también, y si él venía a casa, ¿por qué debía ir yo? Las excusas no valen, ya lo sé, pero una parte de mí gritaba por alejarse de todo eso. Cuando llegó a casa mi madre estaba enfadada conmigo y él me miró, aunque no sé si realmente me veía.

Por supuesto, duele no hacerlo mejor, no dar lo mejor. Pero duele de verdad pensar que no sirvió para nada.

viernes, 28 de marzo de 2014

M

Una de las cosas que más me llamó la atención fue que en la habitación de exposición estaba muy fuerte el aire, supongo que frío. Estaba tan fuerte que se movían los lazos de la corona de flores. Seguro que haría mucho frío ahí dentro. 
La gente al otro lado no para de moverse, es como si la estaticidad del difunto provocase que tuvieran que demostrar lo vivos que están ellos. En el otro lado de la balanza está la viuda, sentada en un sillón coronada de tristeza; a penas se mueve, con ese aire ausente, intentado asimilar cómo ha ocurrido todo, por qué ha sucedido, cómo no pudo evitarlo. Y ahí, reinante, piensa y repiensa y casi, casi puedes ver cómo envejece por segundos, los años pesan como toneladas, los recuerdos atormentan y la sensación de axfisia impera en su alma.
No me gusta que haya un cristal de separación, sé que no lo tocaría pero me gustaría saber que puedo hacerlo. Me parece deshumano que sólo puedas ver a través del cristal a quien una vez amaste, con quien te reiste, con quien pudiste compartir un instante de tu vida, en definitiva. Es más mono de feria que duelo velado. Debería existir la opción de poder tocar y besar a quien está muerto. Tal vez eso para otros sería más morboso, pero quién sabe, a lo mejor tus lágrimas sobre su pecho le calientan un poco.
A la gente no le gustan los tanatorios y los cementerios por lo que representan. A mí no me gustan porque van unidos a una soledad abrumadora. Y la soledad es el peor sentimiento que jamás he experimentado. Es una sensación de abandono, de desamparo, de haber perdido el rumbo. De que nadie te entiende, ni te oye, ni te mira. Y la vida continúa pero tú estás tan muerta como el cadáver que están cremando. ¿Y cómo volver al día a día? ¿Cómo volver a los mismos sitios donde estaba esa persona? ¿Cómo tocar sus cosas sabiendo que ya no son suyas? 

¿Cómo tener una vida completa si me haces tanta falta?

sábado, 8 de marzo de 2014

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Fue una sensación extraña. No había sido mío, jamás lo fue pero de alguna forma me apropié de ello. Y un día lo borró todo, y me sentí un poco vacía. Era como la concesión definitiva de que todo se acaba y de que hay que cerrar capítulos.
Pero a mí nunca se me ha dado bien eso de pasar páginas.

domingo, 2 de febrero de 2014

Pequeñas obsesiones

Pequeñas obsesiones. "A veces te centras en una cosita y piensas mucho en eso. Le das muchas vueltas a la cabeza". Es verdad.
Tengo ganas de llorar demasiadas veces al mes. Y aún así me considero feliz. Bueno, ahora no porque tengo ganas de llorar. Me tumbaría sobre cualquier cojín y me dejaría morir hasta el fin de mis días. Bueno, morir no, pero dejar de vivir sí. Soy como una mala copia del romanticismo extenuado de finales del XIX. Pero hormonada.
Me aburro de mí misma. Me hastío de esta sensación. Es un tedio de mi monotonía. Yo contra yo. Y pierdo yo.
Y tengo ataques de ira pasiva que estallan bajo control. Varias veces al día. El otro día apuñalé un libro con un lapicero sin punta. Y ya está. A continuación todo volvió a la normalidad. Creo que es signo inequívoco de que me pasa algo chungo en el cerebro, y no me refiero a los tumores.

El viernes mi hermana me enseñó que "yo puedo". O me lo enseñó Isis, o tal vez porque soy nieta de Ra. Tampoco me sorprendo, voy asimilándome a Hera. Sólo que Seth no ha descuartizado a mi esposo sino a mí. O Ariadna es la que me ha cortado en trozos. ¿La esperanza salió o entró en la caja? He oído varias versiones pero no sé cual es la correcta. Correcta para mí.

Si se sienta el monstruo sobre mi pecho, ¿por qué no estoy durmiendo?

Qué bien

Hoy encima me duelen las tetas. Podría intentar maquillar la verdad y utilizar alguna metáfora tipo "estas colinas turgentes" o alguna cosa así, pero qué mierda, a mí me duelen las tetas y no tengo intención de comunicarlo sutilmente.

miércoles, 8 de enero de 2014

Me enveneno

La ansiedad se agolpa tras la puerta. Tic tac. ¿Un cigarro? Lo siento, estoy mala, no puedo fumar. Ya ni un "no, es malo para la salud". Vivo como todos, pensando en la muerte como algo lejano. Craso error, pequeña, tú deberías saberlo. Me muero. Perfección. Ideas de caer que me asustan si miro por la ventana. Yo sólo quería comprobar una cosa de Lesbos, y aquí estamos, otra vez, siempre otra vez pensando en lo que no se debe pensar, planteando, refutando, analizando... Deseo de mejorar que se transforma en frustración, en querer y no poder porque no es suficiente. El aspecto perfectivo para mí es inceptivo, he ahí el problema.
Me angustio, pienso demasiado. O demasiado poco. Me pregunto muchas cosas que no me atrevo a preguntar. ¿Sería eso verdad o es idealización? Las palabras siempre dulces, siempre amenas...incluso cuando deberían ser agresivas son a mi juicio pasivas. Las descripciones de los sucesos son pulidas con esmero, adornadas con erudición, parecida a una charla de bohemios de esas que necesitas estudiar mucho o vivir mucho para entender. 
Tengo ganas de llorar. Qué lejos está eso de mí.
La Maga que no es bruja. El sabio sin libros. El cura sin voz. Cercenada y marchita. No creces hacia arriba, miras el sol y está tan alto como la luna. Esa luna cascabelera que te amarga y te aniquila.
¿De verdad esas charlas serían tan apasionantes como las cuenta? ¿Y por qué eso yo no? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué yo no? ¿Por qué aquello sí?
Me consumo. La personalidad vuelve a sus raíces etimológicas y cae en trozos al suelo, se rompe la cerámica contra el piso. Arañando las paredes hasta la mutilación, los engranajes comienzan a moverse, a atenazar. Qué miedo, mamá. Qué sola y qué frágil me siento, mamá. Qué tonta y pequeña e insulsa e inculta me siento, mamá.