Una de las cosas que más me llamó la atención fue que en la habitación de exposición estaba muy fuerte el aire, supongo que frío. Estaba tan fuerte que se movían los lazos de la corona de flores. Seguro que haría mucho frío ahí dentro.
La gente al otro lado no para de moverse, es como si la estaticidad del difunto provocase que tuvieran que demostrar lo vivos que están ellos. En el otro lado de la balanza está la viuda, sentada en un sillón coronada de tristeza; a penas se mueve, con ese aire ausente, intentado asimilar cómo ha ocurrido todo, por qué ha sucedido, cómo no pudo evitarlo. Y ahí, reinante, piensa y repiensa y casi, casi puedes ver cómo envejece por segundos, los años pesan como toneladas, los recuerdos atormentan y la sensación de axfisia impera en su alma.
No me gusta que haya un cristal de separación, sé que no lo tocaría pero me gustaría saber que puedo hacerlo. Me parece deshumano que sólo puedas ver a través del cristal a quien una vez amaste, con quien te reiste, con quien pudiste compartir un instante de tu vida, en definitiva. Es más mono de feria que duelo velado. Debería existir la opción de poder tocar y besar a quien está muerto. Tal vez eso para otros sería más morboso, pero quién sabe, a lo mejor tus lágrimas sobre su pecho le calientan un poco.
A la gente no le gustan los tanatorios y los cementerios por lo que representan. A mí no me gustan porque van unidos a una soledad abrumadora. Y la soledad es el peor sentimiento que jamás he experimentado. Es una sensación de abandono, de desamparo, de haber perdido el rumbo. De que nadie te entiende, ni te oye, ni te mira. Y la vida continúa pero tú estás tan muerta como el cadáver que están cremando. ¿Y cómo volver al día a día? ¿Cómo volver a los mismos sitios donde estaba esa persona? ¿Cómo tocar sus cosas sabiendo que ya no son suyas?
¿Cómo tener una vida completa si me haces tanta falta?
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