jueves, 3 de julio de 2014

A corazón abierto

Después de 5 ó 6 horas en el hospital volvía a casa. Caminaba hasta la parada y esperaba el autobús. Cuando llegaba a casa no había nunca nadie. Mentiría si cumplía felizmente con mi cometido, cuando se pasó el miedo empezó la frustración y los "yo quiero tener una vida como los demás". 
A veces me llevaba un libro y leía mientras él miraba por la ventana, ojalá no lo hubiera hecho, ojalá hubiéramos charlado más. Pero él no hablaba y yo no quería preguntar.
La única vez que no fui por la mañana estaba en casa con mi hermano, y estaba contenta porque él estaba ahí. Luego recibí una llamada asustada de mi madre y las visitas dejaron de ser de 5 ó 6 horas al día; en las UCIs sólo puedes ver a los pacientes 15 minutos por la mañana y otros 15 por la tarde.
Cuando salió del hospital yo no quise ir con los demás a recogerlo. Estaba harta de ir día sí y día también, y si él venía a casa, ¿por qué debía ir yo? Las excusas no valen, ya lo sé, pero una parte de mí gritaba por alejarse de todo eso. Cuando llegó a casa mi madre estaba enfadada conmigo y él me miró, aunque no sé si realmente me veía.

Por supuesto, duele no hacerlo mejor, no dar lo mejor. Pero duele de verdad pensar que no sirvió para nada.

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