La ansiedad se agolpa tras la puerta. Tic tac. ¿Un cigarro? Lo siento, estoy mala, no puedo fumar. Ya ni un "no, es malo para la salud". Vivo como todos, pensando en la muerte como algo lejano. Craso error, pequeña, tú deberías saberlo. Me muero. Perfección. Ideas de caer que me asustan si miro por la ventana. Yo sólo quería comprobar una cosa de Lesbos, y aquí estamos, otra vez, siempre otra vez pensando en lo que no se debe pensar, planteando, refutando, analizando... Deseo de mejorar que se transforma en frustración, en querer y no poder porque no es suficiente. El aspecto perfectivo para mí es inceptivo, he ahí el problema.
Me angustio, pienso demasiado. O demasiado poco. Me pregunto muchas cosas que no me atrevo a preguntar. ¿Sería eso verdad o es idealización? Las palabras siempre dulces, siempre amenas...incluso cuando deberían ser agresivas son a mi juicio pasivas. Las descripciones de los sucesos son pulidas con esmero, adornadas con erudición, parecida a una charla de bohemios de esas que necesitas estudiar mucho o vivir mucho para entender.
Tengo ganas de llorar. Qué lejos está eso de mí.
La Maga que no es bruja. El sabio sin libros. El cura sin voz. Cercenada y marchita. No creces hacia arriba, miras el sol y está tan alto como la luna. Esa luna cascabelera que te amarga y te aniquila.
¿De verdad esas charlas serían tan apasionantes como las cuenta? ¿Y por qué eso yo no? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué yo no? ¿Por qué aquello sí?
Me consumo. La personalidad vuelve a sus raíces etimológicas y cae en trozos al suelo, se rompe la cerámica contra el piso. Arañando las paredes hasta la mutilación, los engranajes comienzan a moverse, a atenazar. Qué miedo, mamá. Qué sola y qué frágil me siento, mamá. Qué tonta y pequeña e insulsa e inculta me siento, mamá.
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