lunes, 31 de diciembre de 2012

Noches de fantasía


Capítulo 2: Verdades Escondidas.
Suavemente, y con mucho cuidado para no despertarla, apartó un mechón que se afanaba en tapar su dulce rostro. No pudo evitar esbozar una tierna sonrisa mientras contemplaba embelesado los finos rasgos de la joven que dormía tranquilamente a su lado.
Jorge la adoraba en todas su facetas, pero si habría tenido que elegir, se habría decantado por éste; por este momento tan íntimo y especial.
Natalia se encontraba desnuda, cubierta fugazmente por una fina sábana que se pegaba a su anatomía y adivinaba sus curvas femeninas. Dormía profundamente, con la boca entreabierta mientras se abrazaba a Jorge, envuelta, como estaba con toda su sensualidad y belleza. Y aún así, repleta de toda su inocencia. Por eso era tan especial para él, porque era cuando podía observar en todo su esplendor a la chica que abrazaba, porque podía en esos momentos, ver la mezcla de pureza y fogosidad, la mezcla de niña y mujer.
Las blancas mejillas de Natalia se sonrojaban un poco, y su glorioso pecho subía y bajaba armoniosamente; su largo cabello castaño se desparramaba por toda la almohada detrás de ella, como si fuera un suave oleaje: las piernas las encogía, mientras que los brazos los alargaba para poder encontrar el cuerpo del hombre al que había amado, y que ahora se encontraban relajados sobre el torso afanado. Y ella dormía feliz y tranquila, sin saber que Jorge observaba cada movimiento acompasado a la vez que se embriagaba con el ameno aroma floral.
Jorge siempre sonreía hechizado ante la natural delicadeza de Natalia.
En ese momento, la joven comenzó a abrir los ojos muy lentamente. Aún somnolienta, frotó su dulce rostro contra la almohada antes de mirar a Jorge.
-Buenas tardes bella durmiente- dijo complacido aquel hombre mientras sonreía con dulzura.
-¿Qué hora es?- preguntó súbitamente ella, incorporándose.
-Las siete y media, tranquila.
Natalia se estiró como una pantera y sonrió contenta al mirar a Jorge.
-¿He dormido mucho?- inquirió la joven mientras se le acercaba insinuante.
-No… hora, hora y media- contestó él satisfecho, mientras observaba como la joven se sentaba sobre sus piernas, con las rodillas de Natalia apresando sus caderas.
-¿Y qué has hecho cuando dormía?- volvió a inquirir Natalia, a la vez que le daba suaves besos en el cuello.
-Mirarte.
Natalia dejó de besarlo y miró a Jorge fijamente, mientras componía una sonrisita burlona.
-¿Otra vez? ¿No te aburres?
-No, eres muy mona durmiendo- el varón sonrió.
-Estás enfermo – contestó ella con una sonora carcajada-. Por cierto, este fin de semana mis padres me dejan la casa sola…
-¿Y no piensas montar una fiesta?
-Bueno… pensaba en una fiesta más íntima…ya me entiendes…
Jorge suspiró cansado y miró hacia otro lado, molesto.
-Este sábado he quedado con Sonia para elegir el menú.
Natalia se quedó inmóvil encima de él, y su expresión cambió de una juguetona a otra enfadada e iracunda. Jorge notó el cambio de actitud y la miró conciliador.
-Natalia, sabes que no es por placer…
-Cállate- le interrumpió ella. Cerró los ojos y respiró hondo un par de veces para tranquilizarse-. No pasa nada, no pasa nada.
Natalia se bajó de un brinco de la cama y comenzó a andar hacia el baño.
-Natalia… -rogó Jorge.
-No te preocupes- le volvió a cortar ella, en un tono mucho más calmado y sereno-. Es normal, lo entiendo. No pasa nada. Además, podrás quedarte el viernes y el domingo, ¿no?
-Sí, pero…
-Pues ya está. Asunto zanjado.
-¿Segura?- preguntó Jorge receloso.
-Sí. Voy a darme una ducha, por si te quieres venir… -contestó ella con una amplia sonrisa.
Jorge contempló como la figura desnuda de Natalia se escabullía en el baño y no pudo reprimir un suspiro de cansancio. Llevaba con esta relación casi un año y aún no sabía cómo reaccionar a situaciones como esta. Había aprendido que cada vez que nombraba a Sonia o algo referido a la boda, Natalia se irritaba y casi al instante, se volvía a calmar y actuaba como si nada hubiera sucedido; por eso había decidido evitar nombrar algo que pudiera enfadar a la joven, con escaso éxito a medida que pasaba el tiempo y la boda se acercaba.
Jorge volvió a suspirar, hastiado de sí mismo. Se estresaba más y más al pensar en su matrimonio inmediato, y aún no había tomado ninguna decisión pero el tiempo seguía transcurriendo incansable, y exigía una respuesta. Su lado más egoísta le decía que siguiera manteniendo esta farsa, a Sonia que le ofrecía seguridad, calma y estabilidad y a Natalia que le daba libertad, fogosidad y pasión; de todos modos, si había podido mantener estas dos relaciones simultáneas, ¿por qué no continuarlo? Natalia no le exigía fidelidad y confiaba en que Sonia no sospechase nada. Pero no podía mentirse, y él sabía que una vez que se casara, el embarazo de su prometida sería inmediato, era algo que tenían acordado mucho antes de conocer a su alumna. Sus moribundos valores resucitarían con fuerza si un bebé estaba en camino; sabía perfectamente que no podría estar con Natalia si iba a ser padre de un hijo que podría pasar perfectamente como un hermano pequeño de la adolescente. No, no haría eso. Ni a Natalia ni a un bebé inocente.
Por lo tanto tenía que decidir. Y la fecha tope era el día de la boda.
En lo más hondo de su ser, algo gritaba que renunciara a todo y escogiera a Natalia, que eligiera una vida llena de color a su lado. De noches de fantasía, llenas de pasión y gozo. Pero por otro lado, no todo era tan fácil, tenía muchas inseguridades, y no sabía si valdría la pena arriesgarse tanto; Natalia le había dejado muy claro que lo suyo no era nada serio, y que podía terminarse casi en cualquier momento, ¿qué significa exactamente eso? ¿Realmente ella sentía algo o sólo era un juguete? Además, en el hipotético caso en que acabasen juntos, sabía que se sentiría culpable al condenarla a las miradas y cuchicheos de la gente, a ese insistente rechazo social, a las discusiones que tendría con sus padres, en definitiva, a darle un romance tormentoso y lleno de altibajos. Y en el fondo sabía que Natalia se hartaría de eso, se cansaría de esconderse, de no ser aceptada y preferiría su libertad a un amor agonizante. Y entonces, a él le dejaría solo, rememorando cada uno de sus besos, anclado en el pasado mientras ella rehacía su vida.
Así que debía quedarse con Sonia, con una existencia tranquila y monótona, medianamente feliz, sólo empañada con el recuerdo de una joven castaña que le enseñó otro modo de existir, que aunque corto e intenso, digno de poder se denominado con el calificativo “vivir”
La cuestión era, ¿sería lo suficientemente valiente? ¿Se escondería en los acogedores brazos de Sonia? ¿Podría soportar una existencia sin el soplo de aire fresco que le regalaba Natalia? ¿O lo apostaría todo y ganaría? Tal vez, solo eran miedos infundados, tal vez su alumna sí le amaba, y lo suficiente para que estuvieran siempre juntos, pero ¿y si no era así?
¿Qué elegiría Jorge?
Cuando Natalia se encerró en el baño, inmediatamente abrió el grifo de la ducha, pero no se metió. En cambio, se quedó mirando el desdichado reflejo que le devolvía el espejo.
Era joven. Era guapa. Tenía un cuerpo perfecto, un pelo largo y brillante, era la envidia de muchas y el deseo de otros tantos. Era culta, lista y perspicaz.
Y a pesar de todo no obtenía lo único que quería en esta vida.
Era ella la que había dado el primer paso para comenzar esta relación, era ella la que había propuesto que fuera relegada a la “otra”; era ella la que aparentemente había decidido ser una mancha en ese fructífero matrimonio. Pero no era eso lo que quería.
El día que Jorge y ella se dieron su primer beso, sintió un miedo hasta antes desconocido a perderlo, ¿a perder el qué? No eran nada, él acaba de dejar muy claro que se iba a casar, y ella no era nada. Asique tomó una decisión y cambió de actitud, no mostraría su faceta romántica, enseñaría otra más dura, más serena y que aparentase saber lo que quería en cada momento. Demostraría que ella no quería nada serio y que Jorge no debía preocuparse. De ese modo, pareció convertirse en la voz cantante de la relación, pero en realidad era una niñita asustada jugando a ser mayor, improvisando a cada momento. Natalia era la que decía el qué, el cómo, y el cuándo, pero sólo en apariencia, ella simplemente se adaptaba a los sutiles cambios que Jorge mostraba.
De ese modo pudo pasar a formar parte de la vida de su profesor. De una forma que para ella era enfermiza y patética, pero era algo, y eso le bastaba. Al menos hasta la fecha, pero Natalia se sentía desfallecer cada vez que recordaba la boda, tenía verdadero pánico a esa fecha. Temía lo que al parecer ocurriría: que la dejase por su verdadera mujer.
Por ese motivo, se irritaba cuando se lo recordaban, casi por escupirle en su cara que su amor tenía los días contados. Le enfurecía que Jorge respondiera al teléfono cuando llamaba Sonia y ellos estaban juntos, le enojaba que no quedase con ella porque debía ver a su prometida y sobretodo, le encolerizaba no poder gritarle a Jorge cómo se sentía, pero era ella la que había decidido cómo debía ser su relación, y ésta no admitía escenas de celos. Asique se asfixiaba entre los gritos que deseaba descargar, y fingía una sonrisita perfecta. Todo eso mejor que nada, aunque sólo fuera por volver a tenerlo una sola vez, hasta que se cansara de ella.
Natalia parpadeó tristemente, al comprobar cómo el cristal se había empañado y ya sólo le devolvía el reflejo de una figura borrosa. Volvió a parpadear abatida y se metió en la ducha. Pocos minutos después, notó una caricia en su espalda, y se dio la vuelta para abrazar al hombre que le hacía tan feliz y desdichada al mismo tiempo.
-Eres preciosa- dijo Jorge en un susurro cargado de amor.
Para Natalia eso era más que suficiente para postergar su tristeza, asique sonrió y se entregó al varón que amaba.
Se dieron un prolongado beso.
Jorge nunca diría nada para no perderla.
Un jadeo de placer se escapó de ambos amantes. En un momento estático, se miraron a los ojos y se regalaron otro beso…
Natalia nunca le diría nada para no perderlo.
…sellando así el pacto no pronunciado.

Ella

Sí, a ella.
Nunca se lo he dicho a nadie, ni si quiera me he dignado a ponerlo por escrito pero siempre lo he sabido. Ya ha pasado bastante tiempo y es cosa del pasado pero hay una parte de mí que sigue sintiendo algo parecido a la lástima.

Soy muy extremista, para mí no existen las medias tintas y cuando no sé cómo actuar reacciono con una agresividad cargada de cinismo, y está claro, esa vez no fue distinto, pero sí que fue diferente. Hizo que dejara de pensar en mi ombligo por unos segundos y contemplara la situación desde fuera, por unos momentos, a veces lo conseguía ver todo e incluso me calzaba unos zapatos que se parecían a los suyos. Eso sólo sirvió para confundirme, mis instintos primarios no ayudaban y la sensación de incertidumbre sólo me hizo comportarme de una forma mucho más cruel. He sido mala porque siempre he sido mala, me han criado así, si fuera una niña de bien probablemente habría actuado con hipocresía.

Ella me ha hecho daño, obviamente, pero yo también he sido despiadada... Sí, creo que yo he sido mucho peor y ella demasiado poco mala. Qué le puedo hacer, me van los látigos. Ahora me arrepiento, pero  tampoco trato de justificarme, espero que nadie piense eso. Puede que tal vez me rebajase a decirle que lo lamento, pero nunca a pedir perdón, no necesito que me perdone igual que yo no necesito perdonarle nada a ella.

Realmente, creo que todo comenzó porque veía cómo cometía mis mismos errores y eso me enfurecía, lo tenía demasiado reciente. Y tenía ganas de darle un guantazo, ¡joder! ¡Parecía más lista! ¡Y yo también parecía más lista! ¡Maldita rubia estúpida de selectividad! Si inventasen las máquinas del tiempo no me daría un guantazo, me daría una paliza. Y me dejaría de postdata una botella de vodka que sé que me haría falta. Las heridas desinfectan mejor con alcohol, aunque provengan del alma.

En fin, no tiene sentido seguir alargando esta letanía, no tiene sentido, ni solución. Lo escribo para mí misma aunque en el fondo me gustaría que lo leyese, para que al menos lo supiera. Está claro que en esta interpretación la función quedó truncada y los polos iguales se repelen, o al menos los demasiado similares. Tal vez en la próxima vida haya más suerte.

Y con esto: punto y final a otra etapa. Hasta nunca.

lunes, 24 de diciembre de 2012

No volveré a hacerlo más: no he encontrado respuestas

Hoy no sé que me pasa pero tengo ganas de hablar, de expresarme. Eso es raro, yo siempre me guardo mis opiniones. Escucho más que hablo. Me gusta más aprender que enseñar.
Creo que voy a ser una profesora horrible.

Estoy inexplicablemente feliz y aunque no tengo motivos para estar triste tampoco para estar contenta. Son estas fiestas, pienso yo. Cuando era pequeña me encantaban: las luces de colores parpadeando, comer cosas que el resto del año ni recordaba que existían, la alegría de vernos todos reunidos, la ilusión de acostarme pronto para por la mañana desenvolver regalos... Ahora, y aunque muy en el fondo me sigue gustando,todo ha cambiado. Ahora todo tiene un tono deslucido, grisáceo.
No, no es cierto, nada ha cambiado. He cambiado yo.
Tengo una amiga que un día me comenzó a hablar de si realmente queda algo de esos niños llenos de vida que eramos al principio de todo. Las personalidades cambian, los sueños se modifican, los tejidos se mueren y son repuestos por otros. En ese momento no supe que contestarle, ahora creo que tiene razón.
No queda nada de esa Cris pequeña, y eso me entristece. No debería por qué, crecer significa cambiar pero echo de menos saber que no volverá a existir esa persona que antes fui. 
Me gustaría verla, a ella, tan confiada. Estoy convencida de que me echaría a llorar si la viese.

Y aquí estamos, una Navidad más. Nada ha cambiado sustancialmente pero todo es distinto. Sigo perdida en este mundo caótico pero hoy tengo ganas de sonreír, y de regalar besos. Hoy tengo ganas de subir el volumen de la música mientras me pinte los labios. Beberé vino y brindaré con cava, pensaré en él y suspiraré en silencio, espero que mi yo pasado le cuide. O que le cuide él a ella, creo que ella lo necesita mucho más.

Aquí lo normal es que pasen cosas

Las historias más bonitas son las que nadie escribe. Y eso es así. Las cosas más preciosas son las que no se pueden describir. Probablemente esta concepción de la vida cambiará cuando aprenda a hablar el español, mientras tanto me conformo con los silencios y las sonrisas antes de irme a dormir.
Pero ahora que estoy bien, que no tengo dudas, ni pájaros en la cabeza, me doy cuenta de que no sé que me deparará el futuro, pero que el dolor es un precio muy pequeño por lo que siento ahora.
Es real y vale la pena.

viernes, 7 de diciembre de 2012



"[...] Y el mundo era plomizo, amarillento o negro según 

las  horas, según los días; el mundo era un rumor triste, lejano, apagado, donde había canciones de niñas, monótonas, sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el gruñir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol dando vueltas muy rápidas al rededor de la tierra, y esto eran los días; nada. Las gentes entraban y salían de en su alcoba como en el escenario de un teatro, hablaban allí con afectado interés y pensaban en lo de afuera: su realidad era otra, aquello la máscara. Nadie amaba a nadie. Así el mundo y ella estaba sola. Miró su cuerpo y le pareció tierra. Era cómplice de los otros, también se escapaba en cuanto podría; se parecía más al mundo que a ella, era más del mundo que de ella. "Yo soy mi alma", dijo entre dientes y soltando las sábanas que sus manos oprimían, resbaló en el lecho y quedó supina mientras el muro de almohadas se desmoronaba [...]

La Regenta, Leopoldo Alas Clarín.