Capítulo 2: Verdades Escondidas.
Suavemente, y con mucho cuidado para no despertarla, apartó un
mechón que se afanaba en tapar su dulce rostro. No pudo evitar esbozar una
tierna sonrisa mientras contemplaba embelesado los finos rasgos de la joven que
dormía tranquilamente a su lado.
Jorge la adoraba en todas su facetas, pero si habría tenido que
elegir, se habría decantado por éste; por este momento tan íntimo y especial.
Natalia se encontraba desnuda, cubierta fugazmente por una fina
sábana que se pegaba a su anatomía y adivinaba sus curvas femeninas. Dormía
profundamente, con la boca entreabierta mientras se abrazaba a Jorge, envuelta,
como estaba con toda su sensualidad y belleza. Y aún así, repleta de toda su
inocencia. Por eso era tan especial para él, porque era cuando podía observar
en todo su esplendor a la chica que abrazaba, porque podía en esos momentos,
ver la mezcla de pureza y fogosidad, la mezcla de niña y mujer.
Las blancas mejillas de Natalia se sonrojaban un poco, y su
glorioso pecho subía y bajaba armoniosamente; su largo cabello castaño se
desparramaba por toda la almohada detrás de ella, como si fuera un suave
oleaje: las piernas las encogía, mientras que los brazos los alargaba para
poder encontrar el cuerpo del hombre al que había amado, y que ahora se
encontraban relajados sobre el torso afanado. Y ella dormía feliz y tranquila,
sin saber que Jorge observaba cada movimiento acompasado a la vez que se
embriagaba con el ameno aroma floral.
Jorge siempre sonreía hechizado ante la natural delicadeza de
Natalia.
En ese momento, la joven comenzó a abrir los ojos muy lentamente.
Aún somnolienta, frotó su dulce rostro contra la almohada antes de mirar a
Jorge.
-Buenas tardes bella durmiente- dijo complacido aquel hombre
mientras sonreía con dulzura.
-¿Qué hora es?- preguntó súbitamente ella, incorporándose.
-Las siete y media, tranquila.
Natalia se estiró como una pantera y sonrió contenta al mirar a
Jorge.
-¿He dormido mucho?- inquirió la joven mientras se le acercaba
insinuante.
-No… hora, hora y media- contestó él satisfecho, mientras
observaba como la joven se sentaba sobre sus piernas, con las rodillas de
Natalia apresando sus caderas.
-¿Y qué has hecho cuando dormía?- volvió a inquirir Natalia, a la
vez que le daba suaves besos en el cuello.
-Mirarte.
Natalia dejó de besarlo y miró a Jorge fijamente, mientras
componía una sonrisita burlona.
-¿Otra vez? ¿No te aburres?
-No, eres muy mona durmiendo- el varón sonrió.
-Estás enfermo – contestó ella con una sonora carcajada-. Por
cierto, este fin de semana mis padres me dejan la casa sola…
-¿Y no piensas montar una fiesta?
-Bueno… pensaba en una fiesta más íntima…ya me entiendes…
Jorge suspiró cansado y miró hacia otro lado, molesto.
-Este sábado he quedado con Sonia para elegir el menú.
Natalia se quedó inmóvil encima de él, y su expresión cambió de
una juguetona a otra enfadada e iracunda. Jorge notó el cambio de actitud y la
miró conciliador.
-Natalia, sabes que no es por placer…
-Cállate- le interrumpió ella. Cerró los ojos y respiró hondo un
par de veces para tranquilizarse-. No pasa nada, no pasa nada.
Natalia se bajó de un brinco de la cama y comenzó a andar hacia el
baño.
-Natalia… -rogó Jorge.
-No te preocupes- le volvió a cortar ella, en un tono mucho más
calmado y sereno-. Es normal, lo entiendo. No pasa nada. Además, podrás
quedarte el viernes y el domingo, ¿no?
-Sí, pero…
-Pues ya está. Asunto zanjado.
-¿Segura?- preguntó Jorge receloso.
-Sí. Voy a darme una ducha, por si te quieres venir… -contestó
ella con una amplia sonrisa.
Jorge contempló como la figura desnuda de Natalia se escabullía en
el baño y no pudo reprimir un suspiro de cansancio. Llevaba con esta relación
casi un año y aún no sabía cómo reaccionar a situaciones como esta. Había
aprendido que cada vez que nombraba a Sonia o algo referido a la boda, Natalia
se irritaba y casi al instante, se volvía a calmar y actuaba como si nada
hubiera sucedido; por eso había decidido evitar nombrar algo que pudiera
enfadar a la joven, con escaso éxito a medida que pasaba el tiempo y la boda se
acercaba.
Jorge volvió a suspirar, hastiado de sí mismo. Se estresaba más y
más al pensar en su matrimonio inmediato, y aún no había tomado ninguna
decisión pero el tiempo seguía transcurriendo incansable, y exigía una
respuesta. Su lado más egoísta le decía que siguiera manteniendo esta farsa, a
Sonia que le ofrecía seguridad, calma y estabilidad y a Natalia que le daba
libertad, fogosidad y pasión; de todos modos, si había podido mantener estas
dos relaciones simultáneas, ¿por qué no continuarlo? Natalia no le exigía
fidelidad y confiaba en que Sonia no sospechase nada. Pero no podía mentirse, y
él sabía que una vez que se casara, el embarazo de su prometida sería
inmediato, era algo que tenían acordado mucho antes de conocer a su alumna. Sus
moribundos valores resucitarían con fuerza si un bebé estaba en camino; sabía
perfectamente que no podría estar con Natalia si iba a ser padre de un hijo que
podría pasar perfectamente como un hermano pequeño de la adolescente. No, no
haría eso. Ni a Natalia ni a un bebé inocente.
Por lo tanto tenía que decidir. Y la fecha tope era el día de la
boda.
En lo más hondo de su ser, algo gritaba que renunciara a todo y
escogiera a Natalia, que eligiera una vida llena de color a su lado. De noches
de fantasía, llenas de pasión y gozo. Pero por otro lado, no todo era tan
fácil, tenía muchas inseguridades, y no sabía si valdría la pena arriesgarse
tanto; Natalia le había dejado muy claro que lo suyo no era nada serio, y que
podía terminarse casi en cualquier momento, ¿qué significa exactamente eso?
¿Realmente ella sentía algo o sólo era un juguete? Además, en el hipotético
caso en que acabasen juntos, sabía que se sentiría culpable al condenarla a las
miradas y cuchicheos de la gente, a ese insistente rechazo social, a las
discusiones que tendría con sus padres, en definitiva, a darle un romance
tormentoso y lleno de altibajos. Y en el fondo sabía que Natalia se hartaría de
eso, se cansaría de esconderse, de no ser aceptada y preferiría su libertad a
un amor agonizante. Y entonces, a él le dejaría solo, rememorando cada uno de
sus besos, anclado en el pasado mientras ella rehacía su vida.
Así que debía quedarse con Sonia, con una existencia tranquila y
monótona, medianamente feliz, sólo empañada con el recuerdo de una joven
castaña que le enseñó otro modo de existir, que aunque corto e intenso, digno
de poder se denominado con el calificativo “vivir”
La cuestión era, ¿sería lo suficientemente valiente? ¿Se
escondería en los acogedores brazos de Sonia? ¿Podría soportar una existencia
sin el soplo de aire fresco que le regalaba Natalia? ¿O lo apostaría todo y
ganaría? Tal vez, solo eran miedos infundados, tal vez su alumna sí le amaba, y
lo suficiente para que estuvieran siempre juntos, pero ¿y si no era así?
¿Qué elegiría Jorge?
Cuando Natalia se encerró en el baño, inmediatamente abrió el
grifo de la ducha, pero no se metió. En cambio, se quedó mirando el desdichado
reflejo que le devolvía el espejo.
Era joven. Era guapa. Tenía un cuerpo perfecto, un pelo largo y
brillante, era la envidia de muchas y el deseo de otros tantos. Era culta,
lista y perspicaz.
Y a pesar de todo no obtenía lo único que quería en esta vida.
Era ella la que había dado el primer paso para comenzar esta
relación, era ella la que había propuesto que fuera relegada a la “otra”; era
ella la que aparentemente había decidido ser una mancha en ese fructífero
matrimonio. Pero no era eso lo que quería.
El día que Jorge y ella se dieron su primer beso, sintió un miedo
hasta antes desconocido a perderlo, ¿a perder el qué? No eran nada, él acaba de
dejar muy claro que se iba a casar, y ella no era nada. Asique tomó una
decisión y cambió de actitud, no mostraría su faceta romántica, enseñaría otra
más dura, más serena y que aparentase saber lo que quería en cada momento.
Demostraría que ella no quería nada serio y que Jorge no debía preocuparse. De
ese modo, pareció convertirse en la voz cantante de la relación, pero en
realidad era una niñita asustada jugando a ser mayor, improvisando a cada
momento. Natalia era la que decía el qué, el cómo, y el cuándo, pero sólo en
apariencia, ella simplemente se adaptaba a los sutiles cambios que Jorge
mostraba.
De ese modo pudo pasar a formar parte de la vida de su profesor.
De una forma que para ella era enfermiza y patética, pero era algo, y eso le
bastaba. Al menos hasta la fecha, pero Natalia se sentía desfallecer cada vez
que recordaba la boda, tenía verdadero pánico a esa fecha. Temía lo que al
parecer ocurriría: que la dejase por su verdadera mujer.
Por ese motivo, se irritaba cuando se lo recordaban, casi por
escupirle en su cara que su amor tenía los días contados. Le enfurecía que
Jorge respondiera al teléfono cuando llamaba Sonia y ellos estaban juntos, le
enojaba que no quedase con ella porque debía ver a su prometida y sobretodo, le
encolerizaba no poder gritarle a Jorge cómo se sentía, pero era ella la que había
decidido cómo debía ser su relación, y ésta no admitía escenas de celos. Asique
se asfixiaba entre los gritos que deseaba descargar, y fingía una sonrisita
perfecta. Todo eso mejor que nada, aunque sólo fuera por volver a tenerlo una
sola vez, hasta que se cansara de ella.
Natalia parpadeó tristemente, al comprobar cómo el cristal se
había empañado y ya sólo le devolvía el reflejo de una figura borrosa. Volvió a
parpadear abatida y se metió en la ducha. Pocos minutos después, notó una
caricia en su espalda, y se dio la vuelta para abrazar al hombre que le hacía
tan feliz y desdichada al mismo tiempo.
-Eres preciosa- dijo Jorge en un susurro cargado de amor.
Para Natalia eso era más que suficiente para postergar su
tristeza, asique sonrió y se entregó al varón que amaba.
Se dieron un prolongado beso.
Jorge nunca diría nada para no perderla.
Un jadeo de placer se escapó de ambos amantes. En un momento
estático, se miraron a los ojos y se regalaron otro beso…
Natalia nunca le diría nada para no perderlo.
…sellando así el pacto no pronunciado.