Todo va bien. Todo va demasiado bien. La felicidad es un camino que me asusta y entonces hice lo que mejor sé hacer: ponerme enferma.
La gente teme el dolor y la fiebre; yo a estas alturas ya me lo tomo con resignación. La gripe para mí es un viejo conocido que viene regularmente a visitarme. Y está bien, el mundo funciona así. Está bien para mí.
Intelectualmente, es un bálsamo curativo.
Normalmente estoy encerrada en la cama, mirando el techo durante horas. Ni si quiera me pongo una película para intentar distraerme. Nunca me apetece. A veces leo, pero no mucho. Sólo pienso. Pienso mucho e imagino muchas cosas. No debería, no me sienta bien, es como si tomase una dosis de veneno cada día que guardo en cama. La ignorancia es la base de la felicidad, sólo que yo me resisto a una vida plana repleta de artificios.
Las hijas de Eva son hijas por algo, recogen la fruta entregada por el reptil y lo muerden sabiendo que está mal. Somos conocedoras de ello y aún así accedemos. He aquí el pilar del problema de la Humanidad.
Así pues, retoño de la Luna, pensé en la soledad. Nunca he tenido miedo al concepto de la vida solitaria. Es algo que personalmente no me hundiría en la miseria. Preferiría no conocerla, por supuesto, pero en el fondo seguiría acompañada aunque no fuera por el marido y los hijos estándar que se supone que es nuestra misión tener. No, esa soledad no me asusta.
Me asusta la soledad irremediable que todos vamos a sufrir. No, no me asusta. Me aterra. Me atenaza el pánico cada vez que lo pienso. Siento como se escapa el aire de mis pulmones y mis ojos intentan salirse de las órbitas de puro pavor.
Habrá un momento de mi vida que mi corazón dejará de latir, que ya no habrá más oxígeno que alimente a mis células. Mis miembros se agarrotarán y mi calor corporal descenderá. Y me asusta porque tengo que hacer eso sola, sin guía, sin paracaídas. Sin una red de seguridad. No hay un método correcto, ¿dolerá? ¿Será como quedarse dormido? Cuando me esté muriendo, ¿me daré cuenta de que estoy muriendo?
¿Y qué hay allí? ¿Hay algo? ¿O simplemente se perderá mi identidad entre millones de motas de polvo que forman el compendio del conocimiento del ser humano? ¿Seré pasto de gusanos y ya está? ¿Lo único que quedará de mí es un insoportable hedor, un cuerpo tumefacto, descompuesto, deshumanizado?
¿Dónde se irá todo lo que he sentido? ¿A dónde irá a parar el amor que soy capaz de sentir, que soy capaz de expresar, que es capaz de ahogarme? O mi dolor, mis recuerdos, mi odio, mis miedos...
Es la necesidad como ser inferior sin respuestas lo que mueve a la creencia de Dios, lo admito y no me avergüenzo. Necesito creer en Él porque sino mi vida entera no tendría sentido y no sería capaz de levantarme por las mañanas. Por eso admiro a los ateos, a los ateos que lo son hasta el final.
Pero yo no, yo necesito creer en el Poder de Algo Más y a pesar de ello no puedo evitar cuestionármelo todo, porque aunque Él existe, ¿por qué iba a merecer yo su misericordia y no un castigo eterno? ¿Cuál es la prueba irrefutable de que estoy adorándole a Él y no enfureciéndole? Es decir, por una cuestión del azar soy cristiana (que no católica) y no musulmana, o hindú, o no he nacido en pleno sigo X a.C y rezo a dioses de la mitología griega.
Grandes preguntas y ninguna respuesta. Nos toca vivir sin comodines apostando todo o nada. Envidio a la gente insulsa que no se plantea esto. Ojalá yo pudiera ser como ellos.