Estás sentado en tu salón, mirando la tele pero viendo sin ver. Llaman al timbre, por fin. Qué guapa está, no sabes por qué pero cada día te gusta más. Y ahí está, mirándote con esos ojos tan grandes y esa sonrisa especial que compone cada vez que está cerca de ti; ella te da un beso rápido pero tú la encarcelas entre tus brazos. Es tu presa y como buen lobo tienes que marcar su cintura con tus zarpas. Y la vuelves a mirar, te pasarías la vida mirando esos ojos, ¡joder, pero qué ojos! ¿De dónde sale tanta luz? Tú que ves cómo crecen, cómo se esconden; cómo brillan cuando está feliz y la fuerza y el miedo que transmiten cuando se enfada. Nadie mejor que tú conocen esos ojos que tanto te fulminan.
Le arrastras hasta tu habitación y bajas la persiana lo suficiente para que no te deslumbre el segundo sol del universo. Una vez en la cama te abrazas a ella, quién te besa jubilosa porque te ha echado de menos. Y tú te dejas besar, perezoso; y tú te dejas querer, con calma.
Después puede que habléis, no es raro que habléis en la cama; has descubierto que es el mejor sitio para conversar con ella, es la mejor forma de que ella llore, si quiere, y confiese sus frustraciones y sus miedos. Y luego se calme y te vuelva a besar. O bien puede que se enfade, y te grite y quiera escapar dando un puertazo, pero tú no aflojas nunca el abrazo, ni la dejas huir. Y para que luego se calme y te vuelva a besar.
Otras veces, la mayoría, habla, habla y habla y se ríe, ríe, ríe. Y tú tan calmado, la vuelves a besar.
Qué desorden tan dulce, qué de horas muertas tan vívidas. Qué microcosmos tan lindo en una cama tan mullida.
Hueles su aroma y enredas tus dedos en su pelo, despeinándola. Le besas en los ojos, en esos grandes ojos, y te llevas consigo su maquillaje. "Estás muy guapa al natural" le dices cuando observa frustrada su reflejo en el espejo, aunque ella nunca te cree.
Empiezas a sentirla cerca de ti. O empieza ella a estar más cerca de ti. Los besitos suaves van haciéndose más intensos y nunca hay reticencias, lo cual le molesta que le digas cuando se lo recuerdas. La abrazas (¿pero no la tenías ya sujetada?), la apresas, la besas. La desvistes y te desvistes. La abrazas, la apresas, la besas, la muerdes. El instinto animal prima sobre la razón. Y qué guapa está entre tus dedos. Y cómo crece la pasión entre los dos.
"Qué pelo más largo tiene" piensas cuando ella se yergue. Oleadas, una tras otra hasta que llega el frenesí desbordado. Caballo desbocado que galopa y relincha cansado. -Ado, -ado, -ado. Terminado.
"Creo que ya no deberíamos vernos más", te dice. Tú la miras, sonriendo. Siempre igual, siempre dice lo mismo al acabar. Hoy no te vas a enfadar, hoy no vas a intentar hacerle razonar, te callas y miras el techo. "¿Es que no vas a decir nada?". La miras, Dios qué ojos. Vale, lo vas a intentar una vez más.