Bastarda sumisión la tuya. Dos besos en el cuello y una respiración en la nuca para perder el control. Jadeas y abres los ojos extasiada. Te muerdes los labios para no gritar mientras él dirige su atención al sur. Y ya está. Qué bien.
Vaya mierda.
El sexo fue concebido para hacernos perder la sensación de realidad. Y nos sintamos pletóricos y felices y completos. Y vaya mierda.
No es por nada en especial. Creo que es por todo en general. Es un odio subversivo contra todo. Es una rabia visceral. Hoy le ha tocado al sexo. Y al amor. Para mí necesariamente van unidos.
Antes era capaz de aceptar el placer por el placer. El desahogo como necesidad fisiológica y nada más; no una expresión de un sentimiento que te llena, te rebosa y te aniquila.
Antes, los baños de una discoteca era un sitio tan bueno y tan digno como una cama grande y mullida. Y hostias, qué bien. Ni nombres ni caras. ¿Para qué necesitabas su número de teléfono? A la mierda, había muchos peces en el mar y tú eras un tiburón.
Y no un tiburón vegetariano.
Yo me cago en el amor. En la dependencia y en el exterminio del yo para dar paso al "nosotros".
No es miedo al compromiso, es un acto de rebeldía hacia la pérdida de la soltería, que no inocencia.
Yo misma me he reducido a un nombre, a una cara y a unas manos. A un futuro lleno de perros y gatos y niños que se llamarán Aitor. Y lo malo es que deseo eso con todo mi ser.
Definamos esto como mierda humeante y calentita. Es un buen nombre.
Y ya no hay vuelta atrás. El amor cuando no muere mata, y amores que matan nunca mueren. Y a mí no me mata él. Me mato yo misma cada día con un amor que se pega a mi piel y se adhiere a cada partícula de mi ser. Es como el oxigeno: degrada tus células cada día de forma inexorable, imparable pero, ¿a qué no puedes vivir sin él? Veneno convertido en elixir.
Hay que joderse.
Resumida a un nombre, a una cara y a unas manos. Y joder, qué bien.