viernes, 5 de octubre de 2012

Noches de fantasía


Capítulo 1: No, no es amor

El cigarrillo se consumía lentamente, mientras las finas volutas de humo se contorsionaban y giraban en caprichosas espirales, sin pausa y sin prisa, alargando ese voluble baile. Sujetando distraídamente el cigarrillo, y sentado cómodamente en su sillón favorito, Jorge no prestaba atención a nada en especial de la habitación, en cambio, estaba sumido en una confrontación en su propio interior. De repente, un cuerpo se acomodó a su lado y le robó un beso.
-¿En qué estás pensando para estar tan ensimismado?- preguntó una mujer que rondaba los treinta, de media melena, con una gran sonrisa en sus labios.
Jorge miró a otro lado, evitando el contacto visual. Si ella supiera…
-En la complicación de los sentimientos…-contestó poco convencido.
-¿Te estas echando atrás con lo de la boda?
Jorge, ahora sí, la miró directamente, mientras se dejaba llevar por la profunda tranquilidad que siempre le habían transmitido los ojos de Sonia.
-¿Tengo algún motivo?
-No sé, eso lo sabrás tú. Me tengo que ir, volveré en un par de horas- se despidió Sonia mientras le regalaba otro fugaz beso antes de partir.
Jorge observó como la fina silueta de Sonia salía de la habitación y retomó el hilo de sus pensamientos. Sí que tenía motivos para no casarse; los tenía desde que comenzó el curso escolar.


Todo comenzó el primer día de clase, en un primer momento, todo parecía correcto, en orden, común. Hasta que tuvo la primera clase con sus alumnos de bachillerato: entonces la vio, la chica más guapa que jamás habría podido imaginar. Aun así, sonrió para sus adentros, “ni que fuera la primera vez que tienes una alumna guapa”, se dijo a sí mismo. Pero sí que fue la primera vez que conoció a una persona tan excepcional como ella.
-Me llamo Natalia Gómez y tengo dieciséis años- comenzó a explicar resueltamente, cuando tuvo que presentarse -. Estoy aquí porque quiero estudiar Traducción e Interpretación de Lenguas. ¿Mis aficiones? Me gusta mucho estar con mis amigos, irme de fiesta, chatear en el ordenador… también me gusta el cine, y con eso no me refiero sólo a las películas de terror, sino también a aquellas con finales alternativos o que te dejan reflexionado. Bueno, y aunque esto es mucho más raro de ver, me gusta leer.
Jorge abrió los ojos sorprendido, y no pudo evitar interrumpir la narración de Natalia.
-¿Cuál es el último libro que te has leído?
Natalia dejó de observar a sus compañeros y miró fijamente a su profesor.
-El rey transparente de Rosa Montero.
-No es un libro que a tu edad se suela leer.
-Tampoco es que a mi edad se suela leer mucho.
-También es verdad. ¿Qué es lo que te impulsó a comenzar a leértelo?
-Supongo que la sinopsis. La historia comienza con una mujer en el Medievo que escribe una carta antes de morir. ¡Una mujer! Nunca había leído nada semejante.
-La verdad es que es muy original. ¿Qué te pareció el final?
-Me encantó. Eso de que seas tú el que pueda decidir uno de los dos finales…-Natalia regaló una deslumbrante sonrisa.
-Espero que también te gusten las lecturas obligatorias- musitó embobado Jorge.
La sonrisa de Natalia cambió por otra de cortesía.
-Bueno- retomó la joven su presentación-, y lo que más odio creo que son las cucarachas. Y ya está- terminó mientras se encogía de hombros.
Natalia se sentó y otro compañero la sustituyó, pero Jorge ya no prestaba atención, se reprendía mentalmente por emocionarse tanto con sus respuestas, ¡ni que fuera la única alumna que le gustara leer! “Pero es rara esa cualidad siendo tan guapa”, respondió una vocecilla en su interior. Jorge negó con la cabeza, intentado reprimir una sonrisilla tonta.

El resto de la semana, transcurrió sin incidentes, reduciendo al mínimo sus pensamientos sobre su joven alumna. Hasta que cierto día tuvo que volver a casa.
El timbre que indicaba el final de la jornada había sonado hacía ya un rato, y casi todos se habían marchado a sus casas, descontando a algunos rezagados, entre ellos, el propio Jorge.
Recogió sus cosas y salió del instituto donde las calles, antes repletas de estudiantes, ahora se encontraban vacías, excepto por una joven pareja; la muchacha se apoyaba en una pared y el chaval se le acercaba de forma insinuante. La chica, de largo cabello castaño, en ese momento giró bruscamente la cabeza y miró a su profesor que pasaba justo por ahí.
Jorge parpadeó atónito y Natalia no hizo más que sonreír de forma inocente, como si a un niño pequeño se le pillara haciendo una travesura. En la siguiente fracción de segundo, el profesor miró al muchacho, un joven que rondaría la veintena. En ese instante, Jorge sintió un pinchazo en el estómago y tuvo ganas de liarse a golpes con ese chaval, pero en cambio, continuó andando como si nada hubiese ocurrido.
A partir de ahí todas las aptitudes y valoraciones que Jorque había tomado nota de Natalia dejaron de ser sólo académicas y pasaron a convertirse en algo más personal. La joven era inteligente, atrevida y sincera; extremadamente madura y cuando quería, muy graciosa; dominaba a la perfección el sarcasmo y la ironía, aunque cuando quería podía ser muy dulce y decir las cosas con mucho tacto. Y era guapa. No era ese tipo de prototipo de rubias explosivas, ni de esas despampanantes morenas, era una castaña corriente que aun así no dejaba indiferente. Poseía una hipnótica mirada de ojos color miel, y unos carnosos labios en forma de corazón.
Era perfecta. Era lo que siempre había soñado Jorge.
Desde que Natalia esbozó esa sonrisa culpable… desde que él sabía que era otro el que le besaba y le desnudaba… desde ese momento fue cuando empezó a imaginarse a él mismo acariciando su tersa piel, retirándole lentamente sus prendas para deja a la vista su perfecto cuerpo… y de ese modo, por fin poder dominar a la enérgica joven, poseer y controlar ese carácter tan puro y magnético; hacerla suya, saboreando toda su sensualidad y a la vez, sabedor de que jamás podría dominarla totalmente, le hacía más y más atractiva.
Por todo eso, ahora cada vez que Jorge veía a Natalia, se sentía como un niño descontrolado; ansioso y nervioso. Era un pensamiento constante en su cabeza y todo lo relacionaba con ella, cada canción, cada película, cada libro… incluso cada escena de su vida. Ni siquiera con su novia Sonia. Ahora, cuando veía a su pareja, sentía cierto peso en el estómago, culpable de desear con tanto ardor a otra… y ella no ayudaba con su parloteo constante sobre la boda… ¡La boda! Jorge se sentía desfallecer cuando pensaba en Sonia vestida de blanco acercándose hacia él, para unirse de forma inevitable. No era fácil de entender. No es que no la quisiera, todos los momentos y recuerdos compartidos con su novia eran rememorados con cariño y nostalgia, y ese era el problema, ya no había pasión, ni deseo, sólo rutina. Y a pesar de todo, Jorge no se atrevía hablar claramente con Sonia, porque, ¿cómo iba a dejar a su prometida por una chiquilla? No, no podía hacer eso, sus principios no se lo permitían… ni sus miedos. Se casaría con Sonia y sería lo medianamente feliz que puede ser un hombre de  treinta años.
Eso le dictaba la razón. Pero en el instituto la cosa no era tan sencilla, en su trabajo no tenía a su novia, en sus clases no tenía a sus familiares ni a sus amigos. En esos momentos sólo estaban él y Natalia. Y Jorge se sentía desnudo e incapaz de aceptar una vida miserable, condenado a una existencia infeliz.
Pero Jorge cerraba los ojos, ¿qué hacía pensando en muchachitas? Esa jovencita ni si quiera lo veía como un hombre receptivo a sus encantos, sólo era su profesor, un hombre prohibido, lejano…viejo. Al menos hasta ese momento.


Estaba mal reconocerlo, pero se alegraba de haberles puesto ese examen a su clase de bachillerato, no porque fuera duro con los exámenes, sino porque podría estar toda una hora vigilando a sus alumnos….vigilándola a ella: cómo se apartaba el pelo de la cara, como fruncía ligeramente el ceño al intentar recordar algún dato en concreto, como movía velozmente su muñeca haciendo tintinear las pulseras que llevaba… Y en añadidura, no se debía sentir culpable por mirarla, sólo cuando había exámenes estaba en su pleno derecho de escrutar cada movimiento de sus alumnos, no iba a hacer nada malo.
Estuvo un par de minutos fingiendo desinterés, hasta que lanzó las primeras miradas casuales a Natalia, lo que le dejó totalmente desconcertado. La joven no mostraba signo alguno de preocupación o estrés, que sí se reflejaban en sus compañeros, ella en cambio mantenía una extraña expresión de tranquilidad, mientras empuñaba el bolígrafo con sencillez y laxitud.
Jorge parpadeó un momento más, contrariado. Hasta que su deber como profesor se impuso a todas sus emociones, y se dirigió hacia el pupitre de una de sus mejores alumnas.
-¿No entiendes alguna pregunta?- preguntó Jorge con un susurro.
-No, está todo muy claro- contestó ella en el mismo tono.
El profesor bajó la vista hasta el examen de esta, y comprobó como la muchacha estaba dibujando un lago con patos.
-¿Entonces por qué no haces el examen?
Natalia escrutó detenidamente el rostro de su maestro antes  de encogerse de hombros, con cierta indiferencia.
-Me gustaría hablar contigo después de clase- dijo Jorge con el entrecejo fruncido. Para su sorpresa, Natalia esbozó la más grande de sus sonrisas hasta ahora.



-¿Por qué no has hecho el examen?- inquirió Jorge en cuanto salió el último alumno
-No me apetecía- afirmó con naturalidad ella.
-Eres muy buena estudiante, ¿vas a tirarlo todo por la borda por tus apetencias?
Natalia miró desafiante al profesor y se apartó el largo pelo de la cara, lo que provocó que un suave aroma floral llegara hasta Jorge.
-He oído que te casas, ¿es cierto?- cambió de tema la joven.
-Natalia, esto es serio- contestó él, contrariado.
-No me gustaría que te casaras- afirmó ella.
Jorge torció el gesto, contrariado. En ningún momento se imaginó estar asolas con Natalia, y bastante autocontrol tenía que ejercer ya para soportar las extrañas contestaciones de su alumna que le hacían imaginar situaciones imposibles.
Natalia bordeó una mesa y se colocó delante de su profesor, recortando considerablemente la distancia entre sus cuerpos, y superando con creces el considerado “espacio vital”. Jorge tragó saliva, la postura era un poco comprometida y si entrara alguna persona… pero él no se movió, y taladró a la joven con su mirada, disfrutando de una manera inexplicable la situación.
Natalia, expectante, hizo un movimiento casual y sus caderas se acercaron más, separadas por pocos centímetros.
-¿Es verdad que te casas?- volvió a preguntar la joven con voz aterciopelada.
Jorge suspiró y la miró con seriedad. Natalia se amedrentó un poco, pero no se retiró.
-¿Qué estás haciendo? ¿Qué pretendes con eso?- preguntó Jorge con autoridad.
La muchacha abrió los ojos asustada. Toda su seguridad se había esfumado.
-Yo… yo…
-¿Crees que puedes venir aquí e insinuarte a un profesor?- le reprendió Jorge, furioso, más que con ella, consigo mismo.
-Yo…yo pensé que te gustaba, no dejabas de mirarme y… -Natalia se echó hacia atrás y se cruzó de brazos, sujetándose con fuerza el tórax-. Soy una idiota, lo siento.

Natalia intentó salir de aquel estrecho espacio donde ella sola se había metido. Jorge en cambio, se sentía horrorizado por ver a la joven tan confusa y herida. ¿Por qué había sido tan brusco cuando era él mismo el que más veces había soñado con una situación como esta? Natalia, por un descuido, rozó la pierna de Jorge al pasar, y asustada, levantó la vista. Cosa que hizo ver al profesor cómo las lágrimas iban anegando sus ojos.
¿Estaba llorando? ¿Por él? ¿Le había hecho llorar? ¿Por qué? Él no quería eso, por Dios, era lo último que deseaba.
Las lágrimas de Natalia fueron lo que le hizo reaccionar.
Jorge no pudo soportarlo más y actuó como su corazón y su alma había anhelado desde el primer momento.
Justo cuando Natalia se apartaba de él, Jorge la tomó por el brazo, le hizo dar media vuelta y cerrando los ojos con fuerza, le plantó un beso en los labios, un beso torpe y tosco. La muchacha, aún parpadeó atónita antes de corresponder jubilosa.
Jorge no cabía de gozo en sí. Se acercó más a la joven y colocó su mano derecha alrededor de su cintura mientras que con la izquierda sujetaba la linda cabellera de la muchacha, cuyos sedosos mechones se escapaban entre sus dedos. Natalia, movida por la pasión, rodeó con sus finos brazos el firme cuello de Jorge, acercando todo lo posible los dos cuerpos de los amantes. Natalia no pudo evitar sonreír entre beso y beso.
Jorge al final suspiró y apoyó su frente en la de la muchacha, embriagándose con el perfume de la joven y abrazándola con fuerza.
-Esto no está bien- susurró él con los ojos cerrados.
-No, no lo está.
Jorge abrió los ojos y se separó unos centímetros de Natalia, quien le miraba muy seria.
-He llegado a pensar que de verdad no te gustaba. Que me lo había imaginado todo.
Jorge volvió a suspirar y miró hacia otro lado al hablar.
-Esto no es amor. Es… una obsesión; me he obsesionado contigo, pero se me va a pasar.
-En el fondo, el amor no es más que una obsesión- respondió Natalia con una pequeña sonrisa.
-Me caso dentro de un año y medio- dijo Jorge, expectante de la reacción de la joven, pero ella sólo sonrió aún más y pasó su mano por el pelo rubio del profesor.
-Entonces, no te preocupes, soy una última despedida antes de tu matrimonio- respondió ella mordiéndose los labios de forma sensual.
Jorge expulsó todo el aire de sus pulmones y la besó de nuevo, con toda la pasión que sentía y que le desbordaba.


El cigarro aún no había terminado de consumirse cuando Jorge decidió apagarlo, no tenía sentido mantenerlo encendido, ni siquiera le había dado una calada.  Pero no era el tabaco lo que le importaba, era esa sensación en su pecho, una mezcla de pesada carga y culpabilidad, pero a la vez sentía una renovada excitación y emoción, era como si se sintiera rejuvenecido y sano después de una larga enfermedad.
“No es nada serio”, se repitió a sí mismo por décima vez.